viernes, 8 de enero de 2010

MARÍA SANGÜESA: EL PALMERAL

Imagen de Internet

Os dejo con un cuento de mi libro, Del Más Allá, publicado hace dos años. Es un poco largo, pero como voy a estar fuera durante unos días y no sé si voy a tener acceso a Internet, supongo que no os importará que la lectura sea más prolongada de lo habitual. Este cuento está ambientado en Canarias. La tabaiba es una planta muy común en las islas, su tallo y sus hojas son muy carnosos, su savia es lechosa y, al poco rato de ser axtraída, adquiere una textura gomosa. Existen dos clases, la tabaiba amarga, que los guanches utilizaban para pescar los peces que quedaban apresados en los charcos que la marea baja dejaba en las hendiduras de las rocas, ya que los adormecía; y la tabaiba dulce, que los niños solían masticar como si fuese chicle. Nunca logré distinguir una de otra, así que no me atreví a probarla, aunque estoy segura de que algún día lo haré. Hasta pronto, que tengáis momentos muy felices.

EL PALMERAL

Se podía escuchar el agua que corría por la acequia. El frescor del porche se acentuaba con el rumor de los helechos que agitaba la brisa cuando penetraba entre los pilares en dónde estaban colgados. Zita se sobresaltó, la señora se le presentó de repente. Últimamente lo hacía con mayor frecuencia de lo que acostumbraba. Ocurría desde que la habían confinado en el cuarto de arriba. Nadie quería creerla por más que repetía que, desde que dejó de andar, su presencia era constante. Aparecía en cualquier sitio para pedirle un vaso de agua, un zumo de papaya, que le sacara la hamaca al barandal o que le subiese un caldo de berros.
Sus hermanas, que tan sólo lo eran de madre, también eran reviejas, pero caminaban más ligeras que aquel viento que alborotaba las hojas del palmeral.
Cuando les contó que doña Nievitas se le desdoblaba para conseguir todo lo que necesitaba, y algún que otro capricho, se rieron de su bobería. Luego, se amoscaron al notar que parecía adivinar todo lo que la inválida pedía. Fue entonces cuando decidieron subir a la señora a la más grande de las habitaciones de la azotea. En la puerta colgaron una cruz hecha con ramas de romero y acudían todas las tardes a rezar un rosario con ella.
Ya no les contaba nada. Al caer la tarde, se sentaba un rato con la señora. Miraban juntas cómo el sol se ocultaba tras las escarpadas paredes del barranco. Las sombras hacían más hondas las cuevas de los guanches y ella le hilvanaba historias sobre su valentía, sus amores, sus costumbres, y cómo les habían despojado de sus refugios y de todas sus pertenencias, incluso después de la muerte, profanando su eterno descanso.
- Zita, tráeme una maceta con una de esas tabaibas que habéis plantado a la entrada del patio- le dijo la anciana para desvanecerse después en el aire.
Obedeció, como de costumbre, y subió con la planta apoyada en su cadera.
- Aquí tiene, doña Nievitas, le traje el tiesto más pequeño porque ni se puede usted imaginar cómo pesa.
-Déjalo ahí, junto al marco de la puerta, y córtale una hoja para que la masque. Cuando era una niña me gustaba masticar las tabaibas dulces, su jugo es cómo el chicle que le venden ahora a los pequeños, pero el sabor es el de la propia tierra en la estamos enraizados.
Le dio una de aquellas hojas carnosas que rezumaba un líquido lechoso.
-Ya sé que estás pensando que cada vez me voy más hacia atrás, en busca de mi infancia- dijo la anciana mientras le hacía un gesto para que se sentase a su lado- pero es que me voy acercando al final.
- Me lo lleva usted diciendo tanto tiempo que estoy segura de que vamos a celebrar su centenario y muchos más- dijo la muchacha arrimando una silla de anea.
- No, mi niña, la verdad es que estoy un poco cansada de esta vida tan quietita que llevo. Cuando miro los riscos y los abrigos que albergaron a los míos, cuando contemplo todos esos senderos, llenos de escondrijos, que me aprendí de memoria antes de que me quitasen los calcetines, me caen los años encima como lluvia de piedras.
- No me cuente esas cosas a mí- le contestó la criada, mientras se volvía a colocar una horquilla que se le había desprendido-. Si alguien sabe que usted puede ir a dónde se le antoje, ésa soy yo.
- Tú tampoco lo comprendes. Una cosa es que mi otro yo te pida algo y otra bien distinta es que pueda pasearse por donde le plazca- replicó con irritación en la voz. El tiempo todo lo debilita. En fin, este don me ha servido para conocer cosas que otras gentes nunca encontrarán- dio un hondo suspiro-. Lo único que me preocupa es lo que harán conmigo esas dos beatonas que tengo por hermanas.
- Pues que han de hacer, doña Nievitas, enterrarla cómo a buena cristiana.
-Precisamente eso es lo que no quiero, mi niña. Soy la mayor de las tres, la única engendrada por el primer marido de mi madre. Y desde que él se marchó para América y de allí pasó a mejor vida, siendo yo muy chiquita, me convertí en la última descendiente de la estirpe del Mencey. ¿Sabes lo que hizo para no caer en las manos de los vencedores?- Zita lo sabía, pero se encogió de hombros para que se lo contase una vez más-, pues se tiró desde allá arriba, desde lo más alto de la cueva del Tajinaste. Y lo mismo hicieron todos los combatientes que se encontraban a su lado, no querían perder su libertad. Los cristianos los enterraron con sus santos ritos. Pero los guanches que sobrevivieron se llevaron el cuerpo de su Señor, a escondidas, y le dieron sepultura como él hubiese deseado. En un alto escondrijo, en una tierra sagrada para nosotros. Le colocaron de pie para que siguiera dominando su territorio, con la cabeza mirando hacia la dirección en la que se encuentra el Padre de Todos los Volcanes. Y allí le ocultaron, sin que nadie le doblegara, para que ningún extraño pudiera interrumpir su sueño. Jamás le encontraron, seguirá oteando nuestro barranco desde más allá de dónde podamos alcanzar a ver.
- ¿Y nadie sabe dónde está?
- Ya hemos hablado bastante- dijo la anciana con una sonrisa, mientras le daba un ligero empujón con la mano-. Ahora vendrán estas meapilas con sus rezos. Vuelve a subir cuando acabes tus tareas, así no tendré que hacerte dar un respingo, si es que tengo que ir a buscarte.

Los días del largo verano pasaron entre el canto de las cigarras y el de los grillos. Todos parecían iguales, salvo por las voces y carreras de los chiquillos que no tenían escuela y disfrutaban de las vacaciones en las casas que se alzaban junto al palmeral.
Durante el estío, doña Nievitas, llamaba menos veces a Zita porque su único nieto, Vanza, subía a escuchar sus narraciones. Pero, de vez en cuando, se le aparecía para decirle, simplemente, que aquel niño era más listo que el guanaja de su padre, que nunca quiso enterarse de nada y que ni siquiera había querido casarse con la madre de la criatura, a pesar de que tenía edad suficiente para ser su abuelo, y sabía que no tendría posibilidad de procrear más descendencia.
- Pero si usted tampoco se casó. Bien que lo sé, porque lo pregonan sus hermanas cada vez que llegan aquí su hijo y el niño- le replicó en cierta ocasión en que la aparición de la señora fue tan inoportuna que multiplicó, aún más, el agobio que sentía mientras tenía que deshacer y ordenar el equipaje de todos los visitantes.
- ¡Qué sabrás tú, pico loro! Ese botarate se embarcó para Cuba buscando hacer fortuna y lo que hizo fue beberse el océano, sin enterarse de que me había preñado- le lanzó un destello de rabia y se evaporó con un relampagueo que le erizó todo el vello.
Nunca más le mentó las habladurías de las mujeres de la casa. En realidad, doña Nievitas, había sido siempre el ama, y aunque ahora abusaban de su decadencia física, seguían temiendo esa fuerza que desprendía y que eran incapaces de comprender.
Un día, mientras cosía sentada a su lado en la azotea y la anciana masticaba un poco de tabaiba, volvió a hablarle de su nieto.
- Vanza está ya muy mayor. No se asusta del don. La otra mañana no pude resistir la tentación de acercarme a ver lo que hacía en la charca, me vio y me preguntó qué pasaba, sin que retrocediera ni un paso. Siento mi raza en sus venas. Así que ahora también voy a ir a pedirle, de vez en cuando, alguna cosa a él- sacudió la cabeza, como negándose a admitir lo que iba a decir-. Con mi hijo lo intenté, pero se mojó la pata y estuvo sin dormir cerca de un año. Llenó de pilas de agua bendita la habitación y no paraba de santiguarse- se rió con cierta amargura-. Tuve que convencerle de que lo había soñado. Salió a su padre, que cuando fui a decirle que al mismo llegar al puerto volviese a embarcar para preparar nuestro casamiento, sintió tal espanto, nada más verme aparecer, que del susto se mareó y se escurrió por la borda-abrió un abanico que tenía sobre su regazo y lo utilizó con desgana-. Cuando llegue el momento os avisaré a los dos. El día en que me apague quiero que me pongáis mirando al valle de la barrancada. Acordaos del Mencey.

Zita estaba barriendo el porche cuando notó que los helechos temblaban más que de costumbre. Un ruido sacudió el palmeral y un viento recio enredó las hojas con un remolino como jamás había visto antes. Doña Nievitas se le apareció, más pálida que nunca.
- Sube, mi niña, que Vanza ya está de camino- se desintegró en el aire, con un fogonazo tan blanco que la deslumbró.
Corrió escaleras arriba, con una extraña opresión en el pecho. El muchacho ya había llegado y sujetaba la mano de su abuela que se encontraba sentada en una mecedora.
- Sacadme fuera, aquí donde estoy, sin levantarme. Y cuando me hayáis colocado hacia
dónde está el Padre de los Volcanes, sujetadme un momento para que pueda estar de pie.
En silencio, hicieron lo que les pidió. Al enlazarla por debajo de los brazos, levantó la barbilla, erguida como una estatua, y dejó de respirar con los labios curvados en una sonrisa.
Nadie dijo nada, sus hermanas quisieron que reposara en el panteón de la familia, que cubrieron de cruces trenzadas con romero. Zita y Vanza trasplantaron la tabaiba dulce, que tanto le gustaba, cerca de la losa. Y pasaron los años.
La más revieja de las dos señoras murió como una buena devota. Siguiendo la tradición, fue llevada a la tumba donde descansaban todos los amos del palmeral. Entre cantos y rezos abrieron el lugar para depositarla allí, con todos los honores que el ritual imponía.
El sitio dónde tenía que estar doña Nievitas estaba vacío. Un hondo estupor paró en seco todas las voces. La gente se miraba tan desconcertada que no sabía qué decir. Luego se alzó un rumor de cuchicheos, tan intenso como el vuelo de miles de avispas.
Buscaron el cuerpo por todos los rincones del barranco. Durante meses ofrecieron una recompensa para quien fuese capaz de devolverlo, o de encontrarlo. Pero todo resultó inútil.
Había desaparecido.
Un atardecer, Zita subió a la azotea con su cesta de costura. Allí estaba Vanza, sentado en la mecedora de su abuela. Arrimó la silla de anea y, después de unas puntadas, no pudo contener sus ganas de hablar.
-Mi niño, ¿recuerdas todo lo que ella contaba sobre el Mencey?
- Claro que sí. Me pasaba horas escuchando sus historias, cada vez que necesitaba que le oyese venía a buscarme.
Siguió cosiendo durante un rato, hasta que se pinchó y soltó el paño para chuparse una gotita de sangre.
-¡Ah! No me puedo centrar en estos hilos. ¿Tú crees que la señora sabía dónde estaba el Guanche?
- Supongo que en el mismo lugar dónde ella se encuentra en estos momentos - murmuró el muchacho mirándola con una especial expresión-, pero ya hemos hablado bastante- se encogió de hombros, con fingido desenfado-.Ya te dijo que eso no lo sabe nadie- continuó murmurando, mientras contemplaba el palmeral del valle con una extraña luz dentro de sus ojos-. Y nunca se debe de preguntar.

(DEL MÁS ALLÁ, cuentos de fantasmas)

15 comentarios:

Amando Carabias María dijo...

Tiene la fuerza de los relatos que la tradición de los pueblos sabios ha dejado a estas generaciones.
Posee la magia de cierto tipo de literatura sudamericana.
Maneja con soltura el lenguaje propio de los canarios.
Siempre he dicho que los nietos y los abuelos conectan muy bien.

Anónimo dijo...

Hola,
he leído este cuento estando muy lejos, y me reafirmo en la necesidad de hacer que tu libro se reedite.
P.

Felipe Sérvulo dijo...

Buen relato.
Un abrazo.

Isolda dijo...

Soy afortunada y tengo este libro entre los míos, gracias a tu generosidad, María.
Ya te dije en su momento que me gustó muchísimo.
Y este cuento en particular, me evoca recuerdos tan dulces como las tabaibas.
A Beatriz, le va a encantar.
Muchos besos y hasta tu vuelta

María Socorro Luis dijo...

Me encantan especialmente estos relatos abiertos, que te dejan esa sensación de suspense, de misterio...

Dónde podré comprar tus libros?.

Un abrazo de invierno.

Flamenco Rojo dijo...

Mágnifico, como todo lo que sale de tu mano.

Un abrazo.

Beatriz Ruiz dijo...

Mi querida María... Lo leí ayer y hoy he vuelta a hacerlo...

Es una preciosidad amiga... Pero te voy a decir más... En otro tiempo que mi rodilla me lo permitía he pateado mucho entre tabaibas, cuevas y el padre de todos los volcanes y tú, que no se si conoces la tierra que me da cobijo, has descrito como nadie ese misterio que siento cuando la piso...

Es realmente una preciosidad...

Mil gracias María...

P.D.: Isolda me pidió que viniera, y lo hice... de mil amores...

Maria Sanguesa dijo...

Gracias por tus palabras, Amando, el argumento es pura ficción trenzado con el paisaje canario y algo de su historia. El conjunto de las Canarias me parece fascinante por su increíble diversidad. Tenerife, aunque ha perdido parajes maravillosos por culpa de la explotación turística, sigue teniendo lugares de gran belleza. Y sus gentes son de naturaleza cálida y acogedora. Este cuento es un pequeño homenaje para todos ellos. Un gran abrazo.

Maria Sanguesa dijo...

Hola, Pablo, me ha encantado saber que me has leído desde Argentina. Muchas gracias por tu comentario, sé que eres reacio a este tipo de comunicación virtual, así que valoro mucho tus palabras. Ya sabes que tengo algunos cuentos más para ampliar el libro. Por supuesto que me gustaría dar con la editorial adecuada para hacer una nueva edición y darle la difusión de la que algunas veces hemos hablado...todo se andará en el momento propicio. No pierdo la esperanza, ni las ganas. Un beso.

Maria Sanguesa dijo...

Gracias, Felipe, valoro mucho tu opinión. Un beso.

Maria Sanguesa dijo...

Pues ya estoy de vuelta, Isolda, esta vez surgieron algunas dificultades que han hecho que prolongase mi estancia una semana más de lo pevisto. Lo que me encantó fue conocerte en persona y compartir los momentos de conversación y amistad que, gracias a ti, disfrutamos. Es una satisfacción tremenda que me digas que te gustaron mis cuentos, así que mi agradecimiento va dirigido a ti. Y también por haberle dicho a Beatriz que lo leyera. Muchos besos.

Maria Sanguesa dijo...

Gracias, Soco, si me das una dirección tendré mucho gusto en regalarte uno de mis libros, tan sólo me quedan 35 ejemplares. Y uno de ellos quiero que sea para ti. Te mando un montón de besos.

Maria Sanguesa dijo...

Bueno, Gonce, la que se va a poner roja soy yo por la opinión que expresas sobre lo que hago. Ojalá que fuese así, pero considero que todo es mejorable y que quedan muchas cosas por aprender para dar lo mejor de una misma. Gracias por el ánimo que sabes transmitirme. Un beso.

Maria Sanguesa dijo...

La verdad, Beatriz, es que te recordé cuando colgué el cuento en el blog. Tu tierra es una tierra que estuve visitando, con frecuencia, durante siete años de mi vida. Su belleza y su misterio siempre me sobrecogieron. Jamás en mi vida he querido ser turista en ningún lugar del mundo; creo que soy una viajera nata, me gusta conocer paisajes y gentes, desde dentro, para llegar lo más cerca posible al "alma" de los lugares y de quienes los habitan. Claro que esto conlleva un coste emocional, que tú conoces mejor que nadie, porque llegas a implicarte en la vida que te rodea y, a veces, la impotencia de no saber qué hacer para comprender el por qué de lo que ocurre a tu alrededor y que no te gusta, llega a afectarte de manera bastante fuerte. Por eso te admiro tanto, mi querida amiga, porque tú sabes encauzar estas emociones y luchar contra lo que es injusto, con las fuerzas que a otros nos faltan. Gracias por tus preciosas palabras. Muchos besos.

María Socorro Luis dijo...

Muchísimas gracias , María por tu generosidad y tu cariño. Te mando una dirección y guardaré la tuya. Estoy preparando un poemario, y tú recibirás mi primer ejemplar, con todo cariño.

Morales Oliber 2, 3º, Dcha
Pasai San Pedro 20110 Gipuzkoa

Besos. Soco