jueves, 18 de febrero de 2010

MARÍA SANGÜESA: ÁNGEL DEL INFIERNO

Imagen de Internet.

ÁNGEL DEL INFIERNO

Aquel día amaneció soleado, cálido, un tiempo atmosférico idóneo para ser disfrutado a lomos de la Harley. Su padre Acababa de comprar aquella reliquia sobre ruedas y de ponerla a punto en su pequeño taller. Había tenido que desplazarse fuera para solucionar unos asuntos laborales y le había dejado allí, a solas con la moto.
Se vistió con la cazadora de cuero guateado, aún sin estrenar. Los pantalones, negros y llenos de tachuelas, parecían hechos a su medida. Se ajustó, después de sacarles brillo, las viejas botas que habían pertenecido a un gran as del motociclismo, estaban muy desgastadas pero eran unas piezas únicas. Por último se colocó el casco, que tuvo que sacar de la vitrina. No pudo reprimir las ganas de mirarse en le espejo del amplio zaguán. Su aspecto era el de un verdadero Ángel del Infierno. Había llegado el momento de estrenar la preciada posesión de su progenitor.
El viento sobre la cara y la velocidad en el cuerpo. La carretera por delante, la naturaleza alrededor, y la Harley Davison bajo sus piernas, sometida a su dominio, como un mágico Pegaso de metal. Volaba sobre ella con certera decisión. El tiempo pasaba en su reloj sin que se diese cuenta, pero el barómetro decidió hacerse notar. El sol se fue escondiendo tras unos espesos nubarrones. La primera gota le cayó sobre la visera. El inesperado frenazo lo tuvo que dar dentro del bosque. No se había percatado de que la amplia carretera se había ido estrechando hasta convertirse en un angosto camino forestal.
Fue imposible volver a poner la moto en marcha, tenía el depósito vacío. La tormenta arreciaba por momentos y la oscuridad tendía sus tentáculos entre los árboles que le rodeaban. Buscó, en vano, su teléfono móvil. Aquella no era su cazadora.
Escondió la moto detrás de unas espesas zarzas y señalizó el lugar con un pequeño montón de piedras, redondas y claras, mientras comenzaba a sentir el miedo de lo que le esperaba al regresar a su casa y tener que enfrentarse a su padre de aquella guisa y sin la Harley.
Comenzó a caminar, bajo la lluvia, en dirección inversa a la de su anterior trayecto. Los relámpagos iluminaban el oscuro cielo y los truenos resonaban entre las rocas y las ramas, como si fuesen las voces amenazadoras de aquella misma naturaleza que, un poco antes, le había encandilado con su soberbia belleza.
No circulaba ni un solo vehículo por aquel olvidado sendero. El miedo se hizo mayor y comenzó a arañarle dentro de algún lugar de su mente, de allí brotaron algunos recuerdos que creía olvidados. Su memoria retrocedió a las largas noches de invierno, cuando al calor de las llamas las gentes del lugar narraban las historias y leyendas que, fundidas, seguían vivas entre los habitantes de la montaña, llenando de misterio todos los rincones de aquel agreste paisaje. Lobos, osos, aparecidos, procesiones fantasmales...Una pavorosa sensación comenzó a planear sobre su cabeza con la misma velocidad que iba cayendo la noche sobre sus ateridos hombros.
Los truenos se mezclaban con el eco de algunos extraños sonidos, no podía precisar si se trataba de aullidos, de gritos o de quejidos, pero eran espeluznantes.
Quizá se tratara simplemente del viento que silbaba entre las copas de los árboles. Las sombras le rodeaban, se movían empujadas por el vendaval. Los rayos comenzaron a rasgar el cielo, seguidos por el estruendo de los imponentes truenos. Corrió con toda la rapidez que su indumentaria le permitía. A lo lejos divisó la peña de Los Enamorados, una gigantesca roca piramidal. Contaban que desde allí se habían despeñado unos amantes, nadie recordaba cuando, pero prefirieron morir ante las dificultades insalvables que cerraban la posibilidad de continuar viviendo su amor. Decían las gentes del entorno que por las noches arrojaban al vacío a los caminantes solitarios, por el mismo barranco por el que ellos habían caído. Esa era su manera de vengarse de quienes les habían impedido seguir amándose. Sus espíritus habitaban la oquedad que la peña tenía en su base. Su carrera se hizo más rápida, se quitó el casco para adquirir velocidad. Lo tiró a un lado. En ese momento un rayo partió el tronco de un árbol que cayó tras él. Se arrancó los guantes con desesperación. Corría lleno de pavor. Ya estaba alcanzando la peña maldita. Entre los fogonazos podía distinguir unos bultos oscuros que se movían de forma inquietante.
Los árboles seguían cayendo con terribles chasquidos, alcanzó aquella mole de granito, con la sensación de que las sombras le perseguían. Notó que una mano, surgida del suelo, le asía el tobillo. Aterrizó en el barro al mismo tiempo que caía, frente a él, un grueso tronco. Pateó varias veces sobre aquello que sentía como un férreo anillo que le impedía ponerse en pie y que procedía de la siniestra sombra que se debatía tras él. Una vez liberado, sus pies, más que correr, volaron, a pesar de haber roto las botas durante aquel infernal forcejeo.
Cuando llegó a su casa estaba agotado, aterrado, empapado, y sin fuerzas para respirar. Empujó la puerta del garaje y se dejó caer en el suelo. En ese lamentable estado le encontró su padre cuando regresó de la ciudad.
Después de reanimarle, escuchó la historia mientras apretaba las mandíbulas para mantener su serenidad. No podía dejar de mirar hacia el espacio vacío que había ocupado su Harley.
- Dices que los espíritus de la peña quisieron arrastrarte al Más Allá ¿no es cierto?
-En efecto, mira lo que pasó con las botas de tu colección.
-Ya lo veo, la lucha debió de ser muy dura pues las has dejado destrozadas. Para ser entidades espirituales parecen tener un ectoplasma muy resistente. Anda, cámbiate de ropa y vamos a buscar los restos de tu equipo. El temporal parece haber remitido y hay muchos vivos que van por ahí dispuestos a recuperar lo que otros pierden.
Las luces de los faros amarilleaban la carretera. Tuvieron que bajar varias veces para apartar los troncos y las ramas que impedían el paso del coche. Por fin, llegaron al siniestro lugar donde tuvo lugar la lucha.
Se acercaron con suma prudencia, la luz del vehículo iluminaba el camino desde una cierta distancia. Unos bultos embarrados se movían cerca de ellos. Escucharon un balido, al que siguieron otros muchos. Corrieron hacia la oquedad de la peña, allí, tendido en el suelo, en medio de sus ovejas, se encontraba un pastor. El padre le prestó unos primeros auxilios mientras llamaba, con su móvil, al servicio de ambulancias. El pobre hombre recobró el conocimiento y lo primero que vio fue el rostro, lívido, del muchacho.
-¡Será hijo de puta el chaval! Le sujeto para que no le caiga el árbol encima y para cobijarle de la tormenta. Y, el muy desgraciado, me patea hasta casi dejarme muerto.
La ambulancia se hizo esperar, la víctima cada vez se encontraba más enfurecida. Fue un alivio verle desaparecer tras las puertas del vehículo.
Ellos continuaron con la búsqueda de los demás elementos. Encontraron solamente un guante, el casco estaba intacto. La peor parte se la llevó la moto. El montón de piedras estaba ligeramente movido, pero sobre las zarzas había caído un grueso tronco, justo encima de la Harley. Fue muy complicado conseguir que la grúa pasase por el estrecho camino. La reparación no se pudo hacer en el pequeño taller de la casa, sino en el del servicio oficial de la Harley Davison. Lejos de allí, fuera de la montaña.
Aquel incidente supuso un duro golpe económico para el joven Ángel del Infierno, pero no el único golpe que debía de llegar a temer. Desde que el pastor abandonó el hospital, dentro del cual se negó firmemente a recibir sus visitas, cada vez que se cruzaba con él, en las callejuelas del pequeño pueblo, le mostraba el cayado que solía llevar siempre entre sus manos. Y el muchacho sentía la impresión de que su tamaño iba aumentando en proporción directa a la inquina que detectaba en la mirada del rústico montañés.
Aunque lo más inquietante de todo fue cuando comenzó a ver que, tras la corpulenta persona del pastor, se encontraba siempre una joven pareja que parecía flotar en el aire y que le saludaba, al unísono, con un sonriente gesto de inequívoca complicidad.

4 comentarios:

Amando Carabias María dijo...

De nuevo el juego de la realidad con el más allá inasible.
Me encantan estos finales que desplazan hacia la ironía y cierto humor esa tensión que crece a lo largo de la historia.

Has dentro de unas horas. Espero que no haya leyendas o historias fantasmales que nos inquieten.
Un beso.

María Socorro Luis dijo...

Te metes en la historia: la vas devorando con creciente inquietud, y ese final inesperado... Me parece un excelente relato, aunque yo no tengo mucho criterio para juzgar...Me ha encantado, María.

Besos y besos.

Maria Sanguesa dijo...

Te contesto ya de regreso, Amando, afortunadamente no hubo ningún tipo de fantasmas y la realidad superó todas las previsiones. Besos para Marián y para ti.

Maria Sanguesa dijo...

Me alegro de que te haya gustado, Soco, porque en breve vas a tener este pequeño libro de cuentos en tus manos. Entre mis viajes y los quince días que tuve que estar sin salir de mi casa para no empeorar del enfriamiento que me afectó los pulmones, no pude enviártelos hasta la semana pasada. En fin, más vale tarde... Muchísimos besos.