domingo, 7 de febrero de 2010

MARÍA SANGÜESA: EL ÁTICO

Imagen de Internet

De nuevo voy a estar ausente durante unos días. Aquí tenéis este cuento, El Ático, que no es precisamente muy corto, pero así os dejo lectura para que, si queréis, la podáis dividir en varias partes. Este cuento tiene un significado especial para mí, ya que es el primero que escribí de esta serie que titulé Del Más Allá, y que desembocó en un libro. Me divertí mucho mientras lo redactaba, hubo quien pensó que se trataba de una crónica; riesgos de escribir en primera persona, el personaje pasa a ser un alter ego tuyo ante los ojos de quienes te leen. Aunque, en este caso, no sé...quizá tampoco estuviesen muy desencaminados quienes lo vieron de aquella manera... ¡Hasta pronto!

EL ÁTICO

El sofá es confortable, de cuero negro, las cortinas filtran unos rayos de sol que, desvaídos, se posan sobre la librería repleta de tomos encuadernados en piel. Él me mira tras unas gafas montadas al aire, fijamente, en silencio. Comprendo que soy yo quien tiene que comenzar a hablar, consciente de que voy a ser escuchada sin interrupciones:

“Todo se inició cuando compré el ático, en un edificio de los años sesenta, después de separarme. Decidí reformarlo manteniendo su esencia, ese toque mágico que le daban los grandes ventanales y las amplias puertas acristaladas que derramaban la luz por todas partes.
Al principio no me di cuenta. En una ocasión discutí con el carpintero que, haciendo caso omiso de la memoria de calidades, estaba chapando los armarios con unas finas láminas de melamina en lugar de la madera de roble que yo había elegido. Cuando protesté, me miró con ojos de hurón y me amenazó diciendo que quitar lo que ya había puesto iba a retrasar y a encarecer la obra. Ante mi insistencia comenzó a cambiarlas, al día siguiente, por unas frágiles hojas de contrachapado que se partían al intentar fijarlas. Le advertí que no iba a consentir semejante chapuza. Me observó con impertinencia mientras se rascaba la oreja con un grueso lápiz rojo y llegué a escuchar como mascullaba unas palabras referentes a mi madre. Se marchó y ya no volvió más. Le pregunté a su eficiente sustituto qué le había ocurrido y me contó que la sierra mecánica le había seccionado el pulgar de la mano derecha. Afortunadamente se lo habían podido reimplantar pero la convalecencia iba a ser larga y no podría continuar trabajando en mi obra.
En otro momento, mientras me encontraba contemplando una pared y disfrutaba por anticipado del efecto de un cuadro que pensaba colgar allí, noté que una línea diagonal cruzaba el tabique con un sospechoso resalte. Llamé al electricista, un hombre mal encarado, que con una estruendosa y cazallera voz me hizo saber que no estaba dispuesto a colocar la manguera de los cables como ordenaba la normativa legal, sino como lo había hecho durante toda su vida profesional y que su método era, ni más ni menos, el que su virilidad le dictaba.
-¿Es que pretende que me electrocute cuando cuelgue ahí una pintura?- le dije tremendamente indignada.
Me dio la espalda, sin decir una palabra, girándose con andares chulescos. Antes de llegar a localizar al encargado de la obra para presentarle mis quejas, escuché un intenso chasquido. El electricista había recibido una enorme descarga mientras manipulaba el viejo cuadro de luces, de manera que hubo de ser trasladado al hospital, donde le tuvieron ingresado durante varios días. En su lugar vino un joven muy eficiente que ordenó abrir nuevas rozas, desempotrar la instalación anterior y colocar un diferencial moderno.
La obra siguió su curso. Llegué a contar hasta siete accidentes, que se ajustaron siempre a la misma pauta. Me resultaba difícil encontrar explicación a tantos incidentes desagradables que, después, se resolvían rápidamente y siempre a mi favor. Aunque, por otro lado, también pensaba que entraban en el cómputo de lo razonable y previsible dentro del mundo de la siniestralidad laboral generado por una empresa tan sumamente irresponsable. Tras estos penosos avatares pudimos trasladarnos. Una vez instalados en nuestro nuevo hogar, que finalmente había quedado muy luminoso y acogedor, nos invadió a todos una agradable sensación de bienestar que iba más allá de lo puramente material. Aunque yo, todavía, seguía sin darme cuenta.
Para los niños resultaba un juego ver quien entraba primero en el ascensor, que jamás tuvimos que llamar puesto que empezaba a subir en el mismo instante en que abríamos la puerta de acceso al rellano. Al principio me extrañó un poco esta circunstancia, pero me convencí de que el conserje, al escucharnos salir, tenía esa atención con nosotros.
Algo después de nuestra llegada, comenzó a sonar el timbre de la entrada de la calle, puntualmente, a las cuatro de la madrugada. Las primeras veces me levanté, bastante sobresaltada, para ver quien era y observaba en silencio por la mirilla de la puerta, pero nunca llegué a encontrar a nadie en el rellano. En mi fuero interno me convencí de que se trataba del timbre de los vecinos y les culpaba de aquel molesto ruido mientras pensaba que deberían de entregarle, de una vez por todas, las llaves de su casa a ese hijo trasnochador y tarambana que solía desvelarme sin piedad. Cuando me cruzaba con ellos les saludaba fríamente para que se diesen cuenta de que me estaban ocasionando una auténtica incomodidad, pero nunca me atreví a abordarles para tratar aquella cuestión. Ellos parecían hacer exactamente lo mismo conmigo.
Una noche, mientras intentaba concentrarme en un ejercicio de relajación para poder conciliar el sueño, escuché cerca de mí un crujido parecido al de los papeles gruesos cuando son arrugados y noté que se hundía el colchón al otro lado de mi cama. Encendí la luz, convencida de que algún niño había sentido miedo de la oscuridad y habría venido a buscar refugio entre mis sábanas. Pero estaba sola. Creí que podría tratarse de mi imaginación durante un estado de agotamiento nervioso, puesto que me encontraba muy cansada. Cuando este hecho comenzó a repetirse con bastante frecuencia, lo achaqué al mal estado de los muelles y decidí que tenía que comprarme un colchón de látex en cuanto acabara con los gastos de la mudanza y de la reforma.
A pesar de estas incidencias, la casa me resultaba cada día más acogedora y tranquila, puesto que de alguna manera simbolizaba mi libertad
Una apacible mañana, mientras disfrutaba de esas agradables sensaciones, recibí la visita de mi ex marido que, después de una serie de descabellados razonamientos sobre un proyecto de negocios al otro lado del Océano, me quiso imponer a la fuerza una inasequible aportación económica.
-¿Y de dónde quieres que saque el dinero? –dije mientras abría las manos y miraba a mi alrededor, con un gesto que indicaba, de forma explícita, dónde se encontraban invertidos mis bienes.
-¡De hipotecar tu casa! – me respondió con acritud.
Con gran irritación, me negué a satisfacer sus exigencias, y me mantuve firme ante las voces y los puñetazos que dio sobre la mesa. Al ver mi imperturbable actitud se encaminó, muy enfurecido, hacia la puerta y cerró dando un enorme portazo. No sin antes haberme hecho objeto de una serie de airados insultos.
Aproximadamente tres horas después de su marcha escuché la sirena de los bomberos. El ascensor se había averiado, mientras él lo utilizaba, y tuvo que permanecer suspendido en el vacío durante aquel largo rato. Debió de resultarle interminable y angustioso, ya que no volvió a molestarme durante una larga temporada.
Una tarde, mientras miraba distraídamente la televisión, vi en la pantalla a una señora mayor, rubia, muy de peluquería, que fumaba en pipa de cazoleta. Enseguida captó mi atención. Estaba narrando una disparatada historia de fantasmas y, por añadidura, contaba que vivía por nuestra zona y que su hogar estaba habitado por un espíritu masculino con el que se llevaba muy bien y que, además de protegerla, le hacía mucha compañía. Se me erizó el pelo y un sudor frío cubrió las plantas de mis pies y las palmas de mis manos.
-¡Que imaginación! – murmuré para mí misma -¡Pero que imaginación!
Poco después escuché unos gritos histéricos en el pasillo.
-¡Señora! ¡Señora!- voceaba la asistenta, mientras agarraba un plumero, como si se tratase de un arma defensiva--¡Que el cuadro se mueve!
Con paciencia, le expliqué que aquel retrato tenía los ojos pintados de tal manera que la mirada parecía perseguir al espectador desde cualquier punto en que estuviese situado.
-¡No! ¡No! ¡Que no es eso! -dijo muy excitada –. Se ha levantado de la pared y ha dado tres golpes.
-Entonces debe de ser el compresor de alguna obra de la calle – contesté, para intentar tranquilizarla.
-¿Es que oye usted algún ruido? – replicó muy enfadada -. Sepa que no es la primera vez que me ocurre esto, en las otras ocasiones me ha sucedido mientras me encontraba sola y la verdad es que tengo ya tanto miedo que no sé si volver, aunque se quede usted conmigo en la casa.
Más tarde, mientras preparaba la cena, escuché a mi hija dando alaridos y llamándome con una angustia tremenda.
-¡Mamá!, ¡mamá!
Salí corriendo, mientras dejaba una humeante sartén sobre el fuego. Alcancé a ver que la niña huía del cuarto de baño envuelta en una toalla mientras rezumaba agua por todas partes. Con los ojos llenos de espanto y la voz entrecortada por el llanto, me contó que había tenido la sensación de que la estaban mirando y se le ocurrió hacer lo mismo que había visto en una película, así que dijo en voz alta:
-Si hay alguien ahí, que se haga notar… ¡Que se manifieste!
Entonces el grifo se abrió solo y comenzó a salir agua helada. La abracé y por más que lo intenté no hubo forma humana de convencerla de que se trataba de un problema de fontanería.
Durante aquellos días me encontraba preparando una oposición para ayudante de biblioteca y, al aproximarse los exámenes, no tuve más remedio que quedarme a estudiar también por las noches. Una de esas veladas, mientras repasaba los fastidiosos temas de biblioteconomía, noté que el vello se me ponía de punta al mismo tiempo que sentía el irrefrenable impulso de mirar frente a mí. Fue entonces cuando le vi. Era un hombre joven, de mediana estatura. El cabello castaño y abundante le caía a ambos lados de la cara, enmarcando un rostro de facciones regulares y hermosas, en las que destacaban unos ojos oscuros, grandes y profundos, tan risueños como su bien dibujada boca. Llevaba una camisa blanca, desabotonada hasta el pecho, sobre el que cruzaba sus brazos, mientras apoyaba su hombro sobre el marco de una puerta. Sus pantalones eran beige y se le ajustaban sobre las fuertes piernas. No pude ver más. Cerré los ojos espantada y pensé que habían entrado a robar. Creo que grité.
Cuando abrí los párpados ya no había nadie. Aferré un abrecartas y lo empuñé mientras procuraba armarme también de valor pensando en el peligro que podrían llegar a correr mis hijos. Me levanté y fui comprobando que las puertas estaban cerradas desde dentro, con las llaves puestas. Los ventanales también, con las persianas bajadas. No había nadie en los armarios, ni debajo de las camas. Los niños dormían plácidamente, no daban señales de haber escuchado nada.
Apenas hubo amanecido, telefoneé a mi tía, muy amiga de santos y rosarios.
-¡Un cura!... – dije, presa de un gran nerviosismo -.¡Necesito un cura! –le supliqué entrecortadamente.
Y, mientras me tragaba a sorbos la vergüenza, le conté una enrevesada historia de fantasmas…
No sin cierto asombro por la enorme rapidez con la que respondió a mi llamada, aquella misma tarde le abrí la puerta a un viejo sacerdote que, sin más preámbulos, sacó un hisopo de su enorme cartera y comenzó a rociar la casa con agua bendita, mientras canturreaba letanías en latín.
Después de recorrer todas las estancias me miró fijamente y, sin intentar evitar el gesto severo de sus inquietantes ojos, me dijo:
-¡Ya está hija mía!- y me tendió una mano nudosa y arrugada.
Yo, sobrecogida, se la besé respetuosamente, pero al ver que no la retiraba comprendí que además de mi diplomático ósculo estaba esperando un generoso óbolo por el servicio que me había prestado. Creo que cumplí adecuadamente con ese requisito…”

Me escucho a mí misma mientras doy un hondo suspiro, los ojos se me pierden entre los tomos encuadernados en piel. Él sigue en silencio, mientras noto cómo me observa y va escribiendo en un cuaderno todo cuanto le voy diciendo. Comprendo que debo de entrar de lleno en la cuestión que me tiene tumbada sobre este diván de cuero negro, a juego con los sillones:

“El caso, doctor, es que ha pasado un año desde entonces y no ha vuelto a ocurrir nada extraño en mi casa. Ni bailan los cuadros, ni se abren los grifos, ni tampoco se accidentan quienes se propasan conmigo. ¡Ya ni tan siquiera nos espera el ascensor! Y yo, por mi parte, no puedo dejar de recordar aquellos ojos oscuros y risueños. Ni aquellas fuertes piernas y, por si fuese poco, suelo desvelarme cuando me pregunto de qué color serían aquellos zapatos que nunca llegué a ver.

Así que aquí estoy, en su consulta. La verdad es que no necesito que me recete nada, ya que lo que hoy me ha traído aquí no es precisamente una cuestión de medicamentos, sino de que me explique qué es lo que puedo hacer para que regrese mi fantasma…”

(Del Más Allá, cuentos de fantasmas)

17 comentarios:

Amando Carabias María dijo...

Vaya fallo, mira que llamar al cura.
Yo diría que lo mejor sería que hablaras con la señora rubia que fumaba en pipa (no sé por qué creo que me suena) y que te dé algún consejo al respecto.
Seguro que si un fin de semana de estos te quedas sola (lo mismo a tu madre no le importa quedarse con los niños) y le pides perdón muy serenamente, aquellos ojos verdes se vuelven a hacer corpóreos.
Te digo que lo del cura sólo es esfectivo si hubiese sido un espíritu maligno, pero este más bien tiene pinta de quererte mucho. O eso interpreto de los accidentes que tenían quienes se metían contigo...
Por si acaso: me caes estupendamente, y no hay nada que decir sobre tus decisiones, siempre tan ecuánimes y sabias.

Amando Carabias María dijo...

Ah, se me olvidaba.
El cuento me ha gustado mucho.

J.M. Ojeda dijo...

¡Hola Maria!
Curioso relato.

Saludos de J.M. Ojeda
P.D. Me gusto el final...

RAFAEL LIZARAZO dijo...

Hola, María:

Curioso relato, tal vez sea necesario volver a llamar al cura para que trate de hacer regresar a ese fantasma.

Hay cosas que echamos de menos, solamente cuando las hemos perdido.

Abrazos.

El Drac dijo...

Cuento de suspenso que hoy nos regalas amiga antesde tu largo viaje, aquí esperaremoscon mucha impaciencia su vuelta. Muchops besos y muchas felicidades.

Flamenco Rojo dijo...

Original el cuento María. Me gustó mucho.
Esperamos tu regreso para seguir leyéndote.

Lely Vehuel dijo...

Que lindo es pasar por tu sitio,me raconforta leerte,siempre tan bello todo por eso pasare siempre.Esta vez llego deesde Cuentos y Orquideas y de paso invitarte a leer un nuevo cuento,espero te guste y sea de tu agrado.Mucha luz y hasta pronto...

Isolda dijo...

María, desde que leí El Atico, me enamoré de él y su fantasma. Sufrí un rato, pues no estaba a mi alcance, pero finalmente el hisopo me quitó la ilusión. Digo yo que habrá más áticos parecidos!
Mientras ahorro, besos divertidos.

María Socorro Luis dijo...

Simpático tu relato con un final original. Y es que hay fantasmas encantadores, que da gusto encontrar...

Un abrazo muy fantástico. Soco

Maria Sanguesa dijo...

Desde luego que fue un error tremendo llamar al cura, un fantasma así de protector es un tesoro de incalculable valor,aunque dicen que cuando se materializan lo hacen a base de ectoplasma que es una materia bastante viscosa... así que no sé, Amando, creo que lo del cine para los niños no hubiese sido muy acertado. A los fantasmas se les ama en la distancia y éste seguro que sabe que me caes, también, estupendamente. Un abrazo.

Maria Sanguesa dijo...

Gracias, Jose Manuel, espero que la protagonista de mi cuento procurase no seguir tropezando con el clero. Un abrazo.

Maria Sanguesa dijo...

Eso es lo malo, Rafael, que con demasiada frecuencia no nos damos cuenta de lo hemos tenido hasta que el tiempo y los fallos lo alejan. Un abrazo.

Maria Sanguesa dijo...

Muchas gracias, Drac, os contesto con algo de retraso porque hasta anoche no regresé y hoy he llevado un día lleno de trabajo, sin tiempo para agradeceros vuestras visitas y vuestros alentadores comentarios. Un abrazo.

Maria Sanguesa dijo...

Gracias, Gonce, y no sólo por tu comentario sino por todo lo demás, incluido el parte meteorológico. Te mando un abrazo bien fuerte.

Maria Sanguesa dijo...

Lely, gracias por tu visita y por tus palabras. Pasar por tu sitio es adentrarse en la ceatividad. Un beso.

Maria Sanguesa dijo...

Pues me voy a poner a ahorrar contigo, Isolda, porque tal y como están las cosas lo mejor es enamorarse de un fantasma, claro que antes hay que dar con el ático adecuado. Estoy deseando darte, daros, un abrazo en vivo y en directo. Ya falta poco. Muchas gracias por todo y muchos besos.

Maria Sanguesa dijo...

Sí que los hay, Soco, y son mucho más de fiar que la mayoría de los vivos. Aunque hay excepciones, en ambos estados de existencia. Muchos besos.