lunes, 1 de febrero de 2010

MARÍA SANGÜESA: UN SUEÑO



UN SUEÑO

La espesa neblina subía del río que, perezosamente, se arqueaba frente al castillo. Todo el paisaje parecía una filmación a cámara lenta, llena de minúsculos detalles. Parte del pueblo se extendía fuera de sus murallas. Un dédalo de callejuelas se enredaba en torno a las casas mayores, hechas de piedra gris. Algunas se encontraban doradas por los líquenes. Los techos, inclinados, estaban revestidos de pizarra. El olor a humo se mezclaba con el de la humedad y el del pan que se horneaba, antes del amanecer, en todos los hogares. Los ruidos se iban añadiendo a ese derroche de aromas que tiene el campo, cuando está habitado. Unas gallinas sueltas cacareaban por la calle. Un par de lebreles bostezaban, tendidos sobre una estera, cerca de la entrada del castillo.
El tañido de una campana se expandió por el aire, con un sonido metálico y afinado, algo fantasmal, puesto que no podía verse el campanario, escondido tras los jirones de la niebla más espesa. Parecía una película ralentizada.
Dentro del castillo, dos jóvenes se encontraban arrodillados, en la capilla, sobre unos reclinatorios tapizados de terciopelo oscuro. Él vestía un jubón de paño negro y unas calzas de lana del mismo color, unos borceguíes abrigaban sus pies. Ella llevaba una pequeña toca, bordada de azabache, que sujetaba un velo largo, hasta la cintura. Un corpiño ceñía su cuerpo, sobre unas amplias faldas de paño que bajaban hasta el suelo, cubriendo sus pies, y que apenas dejaban ver unos finos escarpines. Iba vestida completamente de negro. Los dos eran rubios, de un rubio clarísimo, su piel era blanca y tersa, la de él estaba cubierta por un vello algo más oscuro que sus cabellos. Ambos tenían los ojos de un azul transparente, bajo unas cejas casi imperceptibles. Sus amplias frentes estaban reclinadas sobre las manos, entrelazadas en actitud de recogimiento y plegaria. Al escuchar la campana, los dos se miraron, él se levantó primero para ayudarla a ponerse en pie. Al salir al patio, una criada se aproximó, corriendo, con unas gruesas capas que colocó sobre sus hombros.
Se oyó el chirriar de unas cadenas y el girar del torno, mientras se levantaba una pesada puerta, hecha de gruesos tablones salpicados por clavos de hierro.
Las dos siluetas, oscuras, se recortaban en medio del ambiente blanquecino, neblinoso, que lo envolvía todo. Avanzaron hacia el camino de tierra, bordeado de gruesas piedras cubiertas de liquen. Se oyó el crujir de unos guijarros menudos y el de la tierra apisonada, cada vez más próximo. De entre la bruma, apareció una carreta con dos enormes ruedas de madera ceñidas por unos grandes aros metálicos. Tiraban de ella dos fuertes bueyes pardos, uncidos por un sólido yugo. Al pasar frente a ellos, vieron su carga. Varios cuerpos humanos, andrajosos, descalzos, con los brazos retorcidos, se apilaban unos sobre otros. La campana se oyó con más fuerza. La mano de él aferró la de ella, tensa, nerviosa. La joven le miró con los ojos cargados de lágrimas.
-¡Thomas! –musitó con una voz suave y entrecortada por el llanto.
En ese momento me desperté. Me costó un buen rato reconocer mi dormitorio con sus muebles de cálida madera y las cortinas a juego con la colcha. El despertador de la mesita marcaba las siete de la mañana. Aquel sueño había sido extrañamente real, cargado de ruidos y de olores, lento y lleno de detalles. Siempre había sabido que esas circunstancias no podían darse mientras una persona estaba verdaderamente soñando. No me abandonaba la sensación de haber estado dentro de otra piel, ni de haber mirado con otros ojos un lugar y un tiempo, ya lejanos y desconocidos, pero de los que, no obstante, parecía saberlo todo.
Durante varios días, estuve obsesionada por aquellas sensaciones aún más reales que las que constituían mi mundo habitual. No podía dormir bien por las noches y me dedicaba a leer libros de Historia y a navegar por Internet, mientras indagaba en torno a la indumentaria, el paisaje y las posibles epidemias. Así supe que, hacia mediados del siglo XIV, llegó, procedente de Asia, la primera oleada de peste negra que asoló a la Península y que había penetrado desde la costa, extendiéndose con velocidad por todo el interior.
Después, hubo dos más. En cuanto al paisaje, por los líquenes, la niebla, la pizarra, tenía que ser algún lugar ubicado en el norte. El nombre de Thomas (y no Tomás o Tomé), debía de tener una pronunciación anglosajona. También averigüé que, a mediados de ese siglo, las relaciones con Inglaterra se intensificaron de forma notable. Pero todo era tan vago, tan extenso, que desistí de poder localizar aquel lugar. Después de todo, tan sólo había sido un sueño. Poco a poco, lo fui olvidando.

Años después, decidí pasar unos días de vacaciones en un hermoso pueblo norteño, circundado de bosques de castaños, de pinadas salpicadas de cedros, de ríos mansamente caudalosos, de bravos arroyos, de pintorescas aldeas colgadas sobre espejeantes embalses y de numerosos monumentos, castillos, iglesias, conventos… Recorría incansablemente, cerca o lejos, todo cuanto me rodeaba. Disfrutaba de la naturaleza, del paisaje, del arte, de la cocina lugareña.
El lugar donde me alojé, durante las últimas semanas de mis vacaciones, era también un monumento muy interesante. Un antiguo castillo que había sido restaurado y rehabilitado como hotel rural. Dentro de aquellas paredes, me sentía tan a gusto como si me encontrase en mi propia casa. Los dueños lo habían reconstruido a partir de una de las torres que había conseguido resistir, en pie, las embestidas del tiempo y de la historia, aguantando sus continuas guerras y destrucciones. Para aquella nueva edificación habían utilizado las piedras que formaban el montón de ruinas, entre las que se había seguido irguiendo, y que eran parte de la antigua muralla. Habían puesto todo su empeño en conseguir el mayor parecido posible a los dibujos y grabados que existían sobre los castillos de aquella comarca, y en lograr el ambiente medieval que, aquel lugar, debió de tener en su época de esplendor.
Durante los días de lluvia, que fueron muchos, me refugiaba en el amplio salón. Allí me dedicaba a estudiar, con detenimiento, los catálogos y las guías que había ido adquiriendo durante mis numerosas excursiones. Disfrutaba de una sensación de bienestar y de descanso, tan agradable, como nunca antes había podido llegar a experimentar en ningún otro sitio que no fuese mi propia casa. Me sentía como si fuese una parte de aquellos muros. Y cuando los dejaba atrás, me invadía el extraño convencimiento de que ya conocía aquellos lugares, perdidos entre las montañas. Me parecía reconocer el perfil de algunas rocas, la ubicación de alguna gruta, los restos de alguna ermita cercana. Tantos y tantos detalles, que el asombro de lo ya recorrido, sin haberlo visto antes, me llegó a inquietar de tal manera que comencé a pasar varias noches en vela.
El viento parecía traerme una especie de eco de voces muy lejanas, aunque yo intentaba convencerme de que se trataba, tan sólo, de su violento ulular. Al meterme en la cama, casi podía notar cómo el colchón se hundía también al otro lado, entonces pensaba que se debía a las lamas de madera que se tambaleaban bajo mi cuerpo. A veces, podía notar un suave roce, como si me acariciasen el rostro, cuando cerraba los ojos. Me invadía una gran desazón pero, de manera inexplicable, no temía nada. Lo achacaba a mi soledad y a mi exceso de imaginación.

Una mañana, mientras visitaba una iglesia gótica, muy cercana al castillo, me dejé arrastrar por mi neurótica manía de no pisar las losas funerarias que, con frecuencia, pavimentan el suelo de estos monumentos, si en su interior conservan la estructura original. Llegué a la zona central, delante del altar mayor.
Como no había nadie, puesto que había conseguido que me diesen la llave, después de numerosas gestiones, no tuve reparos en dejarme llevar por algunos difíciles equilibrios, mientras evitaba pisar las sepulturas. Así fue como tropecé con una pesada argolla y caí de bruces sobre una losa funeraria. Allí, a cuatro patas, con un fuerte espeluznamiento, pude ver como un rayo de sol, procedente de una vidriera, se posaba sobre los nombres que había grabados sobre su superficie: Thomas y Anna de Shandurst. Medio borrada, escrita en números romanos, podía apreciarse la fecha: año de mil trescientos cuarenta y ocho.
Presa del miedo y del asombro, levanté la cabeza y, delante de mí, pude ver sus figuras. Estaban en el retablo del altar mayor, uno a cada lado de la imagen sagrada, en actitud orante y pintados a pequeño tamaño, pero con un gran realismo. Eran dos pálidos jóvenes, de un rubio clarísimo, completamente vestidos de negro. Alzaban sus hermosos y familiares rostros dejando al descubierto su tez pálida, sus amplias frentes, sus cejas casi imperceptibles, trazadas sobre unos ojos de un azul intensamente transparente. Casi podía tocarlos, mientras ellos miraban, pensativos, expectantes, hacia la luz que descendía del cielo para mostrarles el camino hacia la Eternidad. Entonces, él giró su rostro hacia mí, lo hizo lentamente. Y escuché su voz, teñida por un suave acento extranjero: “Anna, sigues conmigo, pero ahora eres más que una imagen. Vive.”
Me encontraron tendida sobre aquella losa, mi sangre había manchado la vieja sepultura, pero solamente había caído sobre el nombre de Thomas. No pudieron limpiarla del todo, dijeron que la porosidad de la piedra había absorbido el color de la hemoglobina al oxidarse, y que el desgaste hacía que fuese arriesgado utilizar sustancias potencialmente corrosivas para pulir la losa.
No sé si volveré allí algún día. Cuando lo recuerdo tengo la sensación de que lo que perdí sobre aquel viejo mármol fue mucho más que un poco de mi sangre. Y que tan sólo el tiempo podrá, quizás, hacer que lo recupere algún día.

10 comentarios:

Amando Carabias María dijo...

Inquietante y apasionante esta historia de amor dentro de la historia.
El tiempo como aliado, como enemigo, como flecha que, aunque sabemos que va en una dirección, en algunas ocasiones nos gustaría que no fuera tan recto y diera algún bucle, por ver si somos porque fuimos o alguien, de pronto, algún día despierta de ese sueño.

Angus dijo...

Me encanta lo que has escrito, estoy aún absolutamente fascinado por tus palabras. ¿ Qué puedo decir de ésta historia?.

Flamenco Rojo dijo...

No dejes de soñar María…está demostrado que los sueños se cumplen.
Y si tú quieres después nos lo cuentas.

Un abrazo

Isolda dijo...

Soñar que soñamos que soñamos que soñamos hasta que el vértigo de la conciencia, nos devuelve con un golpe seco a la realidad, o realidad?
Muchos besos, hoy de luna casi llena.

María Socorro Luis dijo...

Ay, María...El personaje de tu historia está seguro de que sólo fue un sueño?...
Y acaso lo está el lector?...

Habría tanto para hablar sobre este tema, para mí, apasionante...

Gracias, me he sentido muy feliz, leyendo tu relato.

Muchísimos besos. Soco

Maria Sanguesa dijo...

Bueno, Amando, lo has comprendido perfectamente, muchas gracias por tus palabras. Un abrazo.

Maria Sanguesa dijo...

Gracias por tu visita, Angus, cuando escribí este libro de cuentos quise hacer uno de corte gótico, y éste fue el resultado. Un abrazo.

Maria Sanguesa dijo...

A veces, Gonce, soñamos que vivimos o vivimos un sueño...¡quién sabe! Besos.

Maria Sanguesa dijo...

Luna de meigas y hechizos, Isolda, la veo desde mi ventana. Cuando no se sueña hay que pensar que soñamos, porque no hay mayor realidad que aquella que impulsan nuestros sueños.
Muchos besos de plenilunio.

Maria Sanguesa dijo...

Hay fronteras muy sutiles, Soco, que pueden ser atravesadas mediante un sueño, o un aparente sueño...Es un asunto apasionante, del que algún día hablaremos. Me hace feliz que te hayas sentido feliz leyendo este cuento. Muchos besos.