domingo, 28 de febrero de 2010

MARÍA SANGÜESA: UNA CASA EN LA NIEVE

Imagen de Internet.

UNA CASA EN LA NIEVE

Se había roto el tobillo de la manera más absurda, al bajar del telesilla. El reposo que le había impuesto el médico la mantenía en un permanente estado de aburrimiento. Solía pasar varias horas mirando por la ventana. Poco a poco, casi sin darse cuenta, fue entrando en la rutina del escaso vecindario. Aprendió a relacionar los paseantes con sus respectivas viviendas y a distinguir quienes eran los visitantes ocasionales de aquel pueblo montañés y quienes sus habitantes.
Desde el principio le llamó la atención un hombre que pasaba todas las tardes, siguiendo una única dirección. Era rubio y siempre llevaba una pelliza marrón. Parecía venir desde la iglesia y después se perdía tras el recodo de la carretera que descendía hacia el valle. Era la única persona que no había podido clasificar como vecino, ni como visitante.
Un atardecer se desató una fuerte ventisca. La nieve comenzó a caer mientras azotaba todo cuanto se encontraba a su paso. La oscuridad se adueñó súbitamente del cielo. Al encender el farolillo del porche, vio al misterioso paseante intentando refugiarse bajo la marquesina, con el cuello del chaquetón levantado hasta la orejas y las manos hundidas en lo más hondo de sus bolsillos. Cuando la luz descendió sobre él, giró su rostro hacia la ventana. Aquel desconocido, indefenso ante las iras de la naturaleza, despertó su compasión y mediante señas le indicó que se acercase a la puerta. La abrió con dificultad y entre los dos tuvieron que cerrarla mediante un fuerte empujón.
- Gracias, menudo apuro, pensé que había llegado al final de mi camino.
- ¿Por qué no llamó antes?
-Lo estuve haciendo en las casas de enfrente y no conseguí que me contestara nadie.
- Es que la mayoría de los vecinos no viven aquí, están trabajando fuera y solo las ocupan durante las vacaciones. Pase y acomódese cerca de la chimenea. Está helado.
- No es mi intención molestarle...
- En una tarde como ésta no molesta nadie, se trata de una situación de mera supervivencia. ¿Cómo se llama?
El desconocido sonrió tímidamente y se sentó en silencio frente al fuego. Como si no hubiese escuchado la pregunta.
- Yo me llamo Isa, ¿y usted?
- Perdone, debí decirle mi nombre, soy Carlos. Estoy tan cansado y tengo tanto frío que me he quedado sin reflejos.
Le preparó un ponche caliente y él apenas bebió un trago. Parecía no poder dejar de mirar la escayola de su tobillo.
- ¿Un accidente de ski? – dijo al cabo de un rato, como si le costase pronunciar cada una de las palabras.
- Podría decirse que sí, aunque en realidad fue una tontería, no tuve tiempo ni de comenzar a practicarlo.
- Es un deporte muy arriesgado. Aunque uno crea que lo domina perfectamente siempre tiene el peligro ahí, agazapado como una fiera a la espera de su presa.
Ella le contó entre risas, mientras bromeaba, la causa de su accidente. También le estuvo comentando lo contenta que se sentía por haber conseguido la plaza de maestra en la pequeña escuela del lugar, y la suerte que había tenido al encontrar aquella casa con unas vistas tan espectaculares. Fueron intercambiando anécdotas y vivencias de todo tipo. Así se enteró de que él había nacido en la pequeña población y de que su casa estaba a pocos kilómetros de allí, en la bajada hacia el valle, casi oculta por la vegetación. Acabaron tuteándose, como dos buenos amigos.
La ventisca fustigaba los postigos de madera y hacía que el humo revocase de vez en cuando desde el tiro de la chimenea, invadiendo el aire del pequeño salón.
La nieve había ido acumulándose en la calle hasta alcanzar el alféizar de la ventana. Isa optó por darle una manta y dejarle dormir en el sofá que había frente al fuego.
Antes de acostarse abrió en silencio la puerta de su habitación para preguntarle si sentía frío o quería beber algo caliente. Le encontró dormido, las pequeñas llamas arrancaban brillos anaranjados de su pálida piel y de su cabello, revuelto y claro, haciendo que destacase de una extraña manera sobre la oscura tapicería. Le arropó como si fuese un niño y deseó, sin saber por qué, que aquella noche no acabara nunca.

Al cabo de unos días todo parecía envuelto por una irisada escarcha que hacía más intenso el gris del camino.
Carlos pasó a la hora de siempre. Le esperaba tras los cristales apoyada sobre la muleta, dispuesta a franquearle la entrada en cuanto se acercase. Cuando se aproximó sacó una rosa de té del interior de su pelliza y se la entregó con una sonrisa. Al tomar la flor notó que las manos de él estaban absolutamente heladas.
- ¿Quieres pasar? – le preguntó mientras abría la puerta.
Y él entró. Desde aquel día la rosa de té y el rato de charla fueron convirtiéndose en una rutina.
Bromeaban mientras él le ayudaba con los ejercicios de rehabilitación. Hablaban de sus lecturas, de arte, de música, o de las últimas noticias. Pero evitaban contarse intimidades. Ella lo había intentado, pero él, siempre con su peculiar sonrisa, callaba unos instantes y cambiaba el curso de la conversación.
No pudo averiguar el motivo de su paseo diario y unidireccional.
Cuando le quitaron la escayola, Carlos demostró ser un buen fisioterapeuta que hizo más rápido el proceso de su incorporación a la vida diaria. Celebraban cada avance entre risas y copas.
Un día acabaron bailando la suave melodía de una vieja balada a la luz de las llamas. La besó, primero con ternura, después con pasión. Los labios de él, que al principio parecían estar tallados en hielo, acabaron ardiendo al calor de los suyos. Fue entonces cuando él se apartó y la miró con aquella indescifrable expresión que tanto le había llamado la atención desde el día en que se conocieron.
- Tengo que marcharme.
- ¿Tan temprano?
- No, no es eso. He de irme fuera del valle. Y me temo que será por una larga temporada.
- ¿Durante cuanto tiempo?
- Aún no lo sé. Pero tengo que marcharme mañana. He estado esperando a que te encontrases bien. Has sido una buena convaleciente, con muchas ganas de curarte.
- ¿Cuando volveré a verte?
- No puedo decirte cuándo, pero sí asegurarte que no debes dudar jamás de que nuestro encuentro será inevitable. Te amo.
Ella miró hacia el valle. Las blancas montañas le parecieron grises, los caseríos solitarios, el río amenazador.
- ¿Me amas y me dejas?
- No, no debes pensar eso, ya te he dicho que nuestro próximo encuentro será inevitable. Siempre que tú decidas continuar aquí y, por supuesto, esperarme. No quiero que te sientas obligada por mis palabras, piensa en mí y también en ti, sobre todo en ti. Si decides esperarme será para permanecer unidos de manera definitiva aquí, en este valle que es tan hermoso y tan duro como la propia vida. De momento te dejaré tranquila. Quiero que madures la decisión de irte o de quedarte sin forzarte a nada… El silencio y la distancia serán tus mejores consejeros antes de asumir este compromiso.

La nostalgia se adueñó de su vida. La tristeza, igual que un ala cortante y acerada, planeó de lleno sobre ella.
Para poder soportar aquella ausencia daba largas caminatas. Siempre seguía la estrecha carretera que, invariablemente, amanecía acharolada por la nieve que se iba fundiendo sobre los setos y las casas de piedra mientras iba borrando todas sus huellas, como si la presencia de él hubiese sido tan sólo un sueño.
Bajaba hasta encontrar el sendero que conducía a la antigua mansión donde él había nacido. Acariciaba las piedras que formaban los muros de la casa. Se aprendió de memoria cada uno de los detalles que componían el escudo que presidía el dintel de la puerta. Intentaba ver algo a través de los postigos cerrados, mientras buscaba alguna grieta, algún resquicio que le permitiese mirar hacia adentro y contemplar aquellas paredes entre las que su misterioso enamorado había crecido.
Algunas veces el ulular del viento le llenaba los oídos, entonces creía escuchar voces en el interior de la casa. Pero lo único vivo que había descubierto eran los macizos de rosas de té, que tanto le gustaban, al fondo del jardín, en un pequeño invernadero. Llegó a cortar unos esquejes para plantarlos en su jardincillo. Era una manera de retener su recuerdo mediante algo que tuviese vida, que fuese tangible.
El aspecto abandonado de aquel lugar se le enredaba entre la maraña de sentimientos y pensamientos que iba tejiendo dentro de ella aquella inmensa añoranza. El silencio de él era tan extraño, tan largo, que no podía comprender su origen, aunque le hubiese explicado que de aquella manera la dejaba en total libertad para decidir sobre su futuro.
Un día se dio cuenta de que repetir siempre el mismo itinerario era un comportamiento obsesivo que no ayudaba nada a calmar su soledad. Decidió ir cambiando el rumbo de su discurrir cotidiano y explorar otros lugares distintos. Comenzó por lo más elemental, caminar en dirección contraria. Llegó hasta la pequeña iglesia románica que había a las afueras del pueblo. La puerta estaba cerrada. Empujó la pequeña cancela que se encontraba adosada al recinto sagrado y penetró en el reducido camposanto.
Una vez dentro, le llamó de inmediato la atención un viejo panteón de granito gris. Conocía perfectamente el escudo que se hallaba tallado en el centro de la cruz. Se acercó llena de curiosidad. Sobre un macetón de alabastro había un ramo de rosas de té, ya marchitas, situado al pie de una fotografía que parecía contemplarla desde detrás de un grueso cristal, sobre la lápida. Un joven rubio, de tímida sonrisa y aspecto desgarbado, parecía sonreírle desde el alto cuello de una pelliza marrón.
La impresión recibida fue demasiado grande. Se sintió desfallecer y sin poder apartar los ojos de aquel retrato sintió como las lágrimas resbalaban sobre sus mejillas. Le pareció increíble, pero la evidencia acreditaba que acababa de dar con la respuesta a tanto silencio, a tanto misterio.
Cayó sentada frente a la fotografía, al lado de una jardinera que contenía unas enredaderas secas que doblaban sus tallos sobre la losa y que no le dejaban leer su nombre, pero la fecha indicaba que había muerto dos años antes del día en que se habían conocido.
Desde aquella tarde volvió muchas veces. Se sentaba sobre el borde de la tumba y le contaba las incidencias del día, el último libro que había leído, la última música que había escuchado. Le cambiaba las rosas cuando comenzaban a marchitarse. Y no podía evitar perderse en su infinita tristeza mientras contemplaba aquel rostro que seguía amando, todavía, sin dejar de preguntarse si estaba enloqueciendo, si le había conocido realmente alguna vez. Sabía que estaba esperando recibir una respuesta que jamás llegaría.
Una tarde se le acercó un anciano que llevaba un severo traje oscuro con alzacuellos de sacerdote. Se encontraba ocupada en recortar las enredaderas que habían comenzado a verdear sobre la lápida.
- Era un muchacho extraordinario – dijo mientras posaba una sarmentosa mano sobre sus hombros –, fue una lástima que aquel alud barriera la ladera mientras esquiaba. Le habían advertido muchas veces que no abandonara las pistas, pero había crecido haciendo slalom sobre aquella zona y creía que nunca le ocurriría nada, hasta que sucedió. Su hermano gemelo fue quien le encontró, acababa de terminar la carrera de medicina, luchó por reanimarle pero todo fue inútil.
El pobre chico se quedó totalmente traumatizado, fue encerrándose en su soledad de tal manera que daba la impresión de que ya no le interesaba nada- el anciano hizo una pausa para sonarse, después de dar un largo suspiro-. Para mí fue un alivio que, después de un año, decidiese ejercer de nuevo su carrera. Durante las vacaciones suele venir aquí todos los días. Le gusta bajar por aquel atajo, ese sendero que a penas se puede ver entre las peñas y que llega casi en línea recta desde su casa. Le gusta traerle las rosas recién cortadas, igual que ésas que acaba usted de dejar ahí. Charla unos minutos con él, como si estuviese vivo. A veces hago cómo que nos encontramos, y entonces también habla conmigo. Aunque no me gusta interrumpirle, y él es excesivamente reservado. Después regresa caminado por la carretera, la subida es mucho más fácil por allí- la expresión del hombre cambió para iniciar una sonrisa-. El último día que le vi me dijo que había solicitado la plaza de médico rural en este pueblo. Quiere establecerse por aquí de forma definitiva. Estoy seguro de que cuando llegue le agradecerá mucho comprobar la excelente manera que ha tenido usted de cuidar de la tumba de su hermano.
Mientras escuchaba al sacerdote, Isa no podía apartar sus ojos del nombre de la lápida que acababa de quedar al descubierto después de recortar la hiedra. Aquellas letras no decían que se llamase Carlos, aunque tuviese el mismo apellido.
Sintió que una oleada de sangre le subía al rostro. Consiguió balbucear unas palabras de cumplido y salió corriendo de aquel recinto.
Por el sendero, ya de regreso, notó que el hielo se estaba fundiendo bajo los claros haces de luz que se escapaban de entre las nubes.
El rumor de un motor de automóvil que se iba apagando frente a su casa se mezcló con el de las carcajadas y sollozos que iban brotando, entrelazados, desde lo más hondo de su garganta.
Era él, no cabía duda, acababa de regresar. Carlos salió a su encuentro dando un seco golpe a la puerta del coche.
Isa vaciló, no sabía si abrazarle o llenarle de reproches. Se aproximó, lentamente, vencida por sus sentimientos y se dejó estrechar por aquellos brazos que tanto había añorado. Entonces alcanzó a ver, reflejado en los cristales del parabrisas, a un joven rubio, vestido con una pelliza marrón, que le sonreía con su extraña mirada mientras levantaba una mano, alejándose por el otro lado del camino, con un gesto de incierta despedida.

11 comentarios:

El Drac dijo...

Qué precioso relato, cuando hiciste el desenlace de los gemelos a penas puede conterner la emoción, qué maravillosa trama la que le has dado y el desenlace feliz, como siempre espera nuestro sufrir cotidiano. Un fuerte abrazo y gracias por recordarnos que la magia en el amor aún existe.

Beatriz Ruiz dijo...

El Drac... claro que la magia existe... pero debemos estar predispuestos...

María... precioso... de nuevo demuestras con tus palabras esa sensibilidad tan tuya...

Isolda dijo...

Tu y tus relatos maravillos María! Un fantasma encantador, pero fantasma al cabo. ¿Quién sino regala rosas de té, hoy en día?

Un beso muy fuerte.

Amando Carabias María dijo...

Maravilloso. Qué ternura. Todo es posible, casi siempre, hasta cambiar lo que parece absoluta desdicha.

Maria Sanguesa dijo...

Gracias a ti, Drac, la magia existe y es lo que hace, entre otros importantes motivos, que merezca le pena este camino de sufrires cotidianos que es la vida, como bien dices tú. Otro fuerte abrazo para ti.

Maria Sanguesa dijo...

Qué alegría me da cuando te veo por aquí, Beatriz, claro que existe la magia, pero es muy esquiva...a lo mejor es cuestión de predisposiciones, como bien apuntas. Y una se plantea otras prioridades cuando ve que el tiempo se le acorta y hay tantas cosas que dejar cerradas antes de ése viaje que a todos nos aguarda y que se va acercando cada día que pasa. En realidad la magia tendría que sorprenderte y atraparte sin que te dieras cuenta, porque si estás atenta puede que salgas huyendo para evitar posibles sismos en tu vida...y si me quieres dar un tirón de orejas, mejor que me lo des por estos lares. Muchos besos.

Maria Sanguesa dijo...

Ya ves, Isolda, por eso prefiero quedarme entre mis fantasmas... son tan de sueño y humo. Y, además, tan fáciles de compartir con quien quiere saber de sus historias. Muchos besos.

Maria Sanguesa dijo...

Todo es posible, Amando, especialmente sobre el papel...lo demás son, casi siempre, milagros. No niego los milagros, pero ¡son tan improbables!...Dichosos los que habéis tenido el privilegio de vivirlos y hacéis que los demás consigamos creer que existen, aunque sólo sea para los otros. Un fuerte abrazo.

Beatriz Ruiz dijo...

Si acaso te daré un beso... nunca un tirón de orejas...

Pero recuerda... se cierra una puerta... y ZAS... se abre otra, claro que tienes que dejar espacio y no arrinconar nada sobre ella que le podría impedir la apertura...

Besazoooooooooo...

Maria Sanguesa dijo...

Tienes toda la razón, Betriz, las puertas se están abriendo de una forma bastante especial, ya te contaré. Pero si tienes que darme un tironcillo de orejas, no me lo tomaré a mal. Otro besazooo...para ti.

Alena.Colar dijo...

Jope.
Toi llorando como una tonta.
Ea.