martes, 18 de mayo de 2010

MARÍA SANGÜESA: ALUCINACIONES


ALUCINACIONES

El olor a pintura, a barnices, a casa nueva, todavía se notaba en el ambiente después de los seis meses que habían pasado desde que vivían allí. Giró la llave en la cerradura, se le resistió un poco, pero pudo entrar sin gran dificultad. Empujó la puerta de la cocina, allí creyó ver, como otras veces, un fugaz fogonazo de rayas grises que desaparecieron en el aire. Quizás fuese el reflejo del sol sobre el cristal de alguna ventana, no había motivo para sentir aquel temor, ni aquel escalofrío.
Inés pensó que era el miedo que le invadía cada vez que entraba en el apartamento y lo encontraba vacío. Aquel sentimiento de soledad en una gran ciudad, en medio de enormes distancias pobladas por desconocidos, lejos de los suyos, de su ambiente, de sus costumbres. Aquellas largas horas de silenciosa espera hasta que él regresaba y llenaba la casa con su presencia.
Perdida entre sus pensamientos entró en el dormitorio. Allí, sentada a los pies de la cama, una anciana menuda con el cabello recogido en un moño bajo y la cara surcada por profundas arrugas, la miraba mientras alisaba los pliegues de una amplia falda de rayas grises. La impresión recibida le hizo retroceder, quiso gritar y no pudo, la sensación de vértigo que sentía impulsó su cuerpo hacia delante con un movimiento basculante que le hizo atravesar de nuevo el umbral de la alcoba. No había nadie. Se dejó caer en el suelo ocultando su rostro entre las manos mientras un hondo sollozo convulsionaba su cuerpo.
-Estoy loca –se decía a si misma –que no se entere Alberto, ¡que no se entere!
Sin comentárselo a nadie, ya que no quería preocupar a su marido, decidió someterse a un tratamiento médico que llevaba en el mayor de los secretos. De vez en cuando volvía a ver a aquella anciana que aparecía en cualquier rincón de la casa y la miraba en silencio, para desvanecerse en el aire, dejándole la angustia metida en el cuerpo y la desesperanza de ver que no mejoraba de sus alucinaciones a pesar de recibir un tratamiento cada vez más severo.
Una mañana de domingo llamaron a la puerta. Abrió Alberto, mientras ella todavía dormía.
Un hombre mayor, algo más que octogenario, le preguntó si seguía viviendo allí, en alguno de aquellos apartamentos nuevos que habían hecho dentro del viejo edificio, una mujer de su edad. Dijo su nombre, Adela, con un tono de voz reverencial y bastante emocionado. Era la propietaria del antiguo caserón y había sido su primera novia hacía más de cincuenta años, antes de irse a América. Él, en aquel entonces, le había pedido que le esperara porque pensaba casarse con ella, pero la fortuna le había ido haciendo jugarretas y la vida le llevó por otros derroteros. Hacía cinco años que, por casualidad, se había encontrado con un sobrino de aquella mujer y le había contado que ella, tozuda como siempre, le seguía esperando.
-Mire –dijo el anciano–, quizás el nombre no le diga nada, pero su sobrino me dió esta fotografía, tal vez la haya visto usted.
Allí, en medio de un grupo familiar, una anciana menuda, pulcramente peinada con un moño y una discreta falda de rayas grises parecía mirarle desde el fondo del retrato.
Entonces Alberto cerró, con mucho cuidado, la puerta de la casa y puso amistosamente una mano sobre el hombro del anciano.
-Vamos al bar que hay en la esquina –le dijo en voz baja –, le aseguro que Adela todavía le está esperando, pero no como usted supone, es una larga historia. Ahora le pongo al corriente, mientras nos tomamos un café. Pero le suplico, sobre todo, que mi mujer no se entere. Anda un poco delicada y no quiero asustarla con los extraños hechos que he presenciado dentro de esta casa. Se lo contaré enseguida, no se inquiete. Quizás todo se acabe después de su visita. Así que no hace falta que preocupemos a mi pobre Inés. ¿Para qué vamos a contarle lo que ocurre?

(Del Más Allá, cuentos de fantasmas)

17 comentarios:

Jose Zúñiga dijo...

Puede que sea de fantasmas, pero no he pasado miedo.
Me ha parecido una lectura apacible.
Bs

Mercedes dijo...

Un relato magnífico, parece que se te dan bien todos los palos, me has sorprendido. No sólo he sido arrastrada por la lectura casi sin respirar, sino que además tenías guardada una sorpresa final. Qué curioso, los dos, Alberto e Inés, estaban teniendo las mismas alucinaciones, pero para protegerse entre ellos no lo habían hablado. Pase lo que pase, siempre es mejor compartir.
Un abrazo.

Maria Sanguesa dijo...

Estos cuentos de fantasmas, que escribí hace ya bastante tiempo, no pretendían dar miedo, eran una excusa para hablar de temas muy diversos, en éste hablo de la incomunicación de la pareja que por evitar preocupaciones no habla de sus fantasmas, precisamente porque se quieren, y lo cruzo con otra historia de amor truncado... en otros de esta serie toco la inmigración, la homosexualidad, la violencia, el amor, el desamor... fue un juego de cuentos que tienen varias lecturas, lo que lees y lo que luego puedes interpretar... Muchas gracias por tu comentario, José, un abrazo.

Maria Sanguesa dijo...

Pues eso es lo que quería decir, Mercedes, mis fantasmitas son cotidianos... se le pueden aparecer a cualquiera... gracias por tus palabras. Un abrazo.

EL PEATÓN dijo...

Estupendo, María. Con admiración veo que también dominas el cuento corto. "Alucinaciones" me atrapó desde el principio, y como todo buen cuento, me sorprendió SU final tan inesperado como un "K.O."

Amando Carabias María dijo...

El libro donde está este relato también es un gran libro. Y como bien dices, no son fantasmas para asustar, sino los fantasmas cotidianos que, acaso sin saberlo, todos llevamos encima.

María Socorro Luis dijo...

Es curioso que los fantasmas, que en el relato queda claro - y con toda naturalidad - que los hay, pasan a segundo plano, para reflexionar sobre la incomunicación de los personajes. Me ha gustado como uno de los mejores del libro.

Cariños

andres rueda dijo...

Gracias Maria por tu comentario, la verdad no soy muy bueno escribiendo...pero te felicito por ru blog tan dnamico y bello y te envio miles de colores..
Andres

egomanias dijo...

Me ha encantado como logras esta conjunción de los fantasmas interiores de la pareja, con la historia del fantasma que espera el amor de su vida. Un pretexto que hace entender hasta que punto el no comunicar, pueda alejar la vida de dos personas que dicen de amarse.
Estupendo tu cuento Maria.

Maria Sanguesa dijo...

Muchas gracias, Peatón, me alegra saber que te gustó este cuento, porque yo también disfruto mucho con tus crónicas, que tienen un gran fondo de visión poética... un abrazo.

Maria Sanguesa dijo...

Agradezco muchísimo tus palabras, Amando, pero lo vamos a dejar, no en un gran libro (ya me gustaría a mí), sino en un libro que me divirtió mucho escribir y que me ayudó, bastante, a encararme con mis propios fantasmas y muchos otros que me rodeaban. Nos puede pasar a cualquiera... un fuerte abrazo

Maria Sanguesa dijo...

Me alegro muy de veras de que mi libro te haya gustado, Soco... me hace ilusión saber que lo tienes. Puse mucho cariño en él. Un fuerte abrazo.

Maria Sanguesa dijo...

Andrés, claro que escribes bien aunque lo tuyo es pintar y, además, lo que haces es poetizar con pinceles, de veras. Tu obra me ha encantado. Un abrazo.

Maria Sanguesa dijo...

Gracias, Egomanías, por tus palabras y por haber atrapado el alma de mi cuento. Un abrazo.

fiaris alfabeta dijo...

A bueno!!!este tipo de cuentos no pensaba yo encontrarlos por aqui,pero te digo algo aquí entre tu y yo ¡ME GUSTÓ MUCHO!!!un abrazo.

Taty Cascada dijo...

Nada como un final inesperado, se agradece, detesto los finales predecibles.
Un beso.

gianella dijo...

muy bonigo... justo tengo que hacer un resumen de ese cuento .... me parecio muy lindo esa narracion maria.. sorprendente!!!