sábado, 30 de abril de 2011

MARÍA SANGÜESA: SUEÑO DE PRINCESA


SUEÑO DE PRINCESA


No podía comprender cómo había llegado a aquella situación. Las flores de la iglesia desprendían un aroma que le ocasionaba un mareo aún mayor que aquella sensación de aturdimiento que sintió al despertar. La marcha nupcial se expandía por el aire, desde el órgano del coro. Todo había sido extremadamente rápido.

Hasta hacía un par de días, había reposado sobre aquel regio lecho, reponiéndose de todas las noches de insomnio que había sufrido aquel largo año, durante el cual había tenido que dormir sobre tres pequeñas camas, unidas entre sí de forma transversal y que, por lo tanto, sumaban seis largueros de dura madera, apenas recubiertas por unos delgados colchones de lana que se hundían bajo el peso de su cuerpo, provocándole una intensa molestia cada vez que cambiaba de postura, por más que caía rendida cuando finalizaba la tarde, tras las duras jornadas de trabajo ocasionadas por tener que ocuparse de cocinar, lavar, planchar y limpiar la casa de aquellos siete hombrecillos que decían brindarle su hospitalidad de forma desinteresada.

 Recordaba que, una semana atrás, se le acercó una viejecita, bastante simpática, que le ofreció un cesto de manzanas. Las primeras de la temporada. Eligió la más roja de todas. Tras morderla, sintió un sabor tan dulce que no pudo notar la pócima que contenía y se quedó narcotizada, vencida por la intensa laxitud de un agradable sueño. En algún momento de duermevela, llegó a escuchar que su madrastra había intentado envenenarla. En realidad, la porción de fruta que había ingerido era tan mínima que, aún en medio del sueño, sabía muy bien que lo único que había logrado aquella arpía era relajarla. Se sentía tan a gusto descansando, después de tanto faenar, que no le importó el alboroto que montaron para trasladarla a un lecho amplio y cómodo; temía que, si abría los ojos, le hiciesen volver a las cacerolas y a las escobas.







Se encontraba en lo mejor de su letargo cuando notó un beso. Fue terrible tener que sentir aquella viscosa caricia sobre sus labios. Aquel desconocido había osado besarla, sin su consentimiento y, además, tenía halitosis. Le resultó tan insufrible, que no tuvo más remedio que abrir los ojos e incorporarse para alejar aquella boca de la suya.

Todo el mundo aplaudió, no sabía que alrededor de su lecho se hubiese congregado tal cantidad de gente.  Su padre también estaba allí. Comenzó a llorar de emoción.

En realidad, no podía comprender aquella reacción tan lacrimógena. Después de todo un año, sin haber enviado a nadie para interesarse por su paradero, sin querer cerciorarse de si estaba viva o muerta, aquellas lágrimas suponían una reacción tan indignante como la de aquellos enanos que no quisieron avisar a ningún conocido sobre su desamparada situación, hasta que pensaron que se encontraba ya casi en el Más Allá.  Aunque lo más inexplicable de todo era que su progenitor, en lugar de disfrutar de su reencuentro, de abrazarla y de dedicarle un poco de su tiempo para escuchar lo que había sido de su vida durante su involuntario destierro,  hubiese decretado su matrimonio con el primero que consiguiera despertarla. Una manera, como otra cualquiera, de quitársela de encima. Quizá, todavía, estuviese soñando y toda aquella parafernalia matrimonial formara parte de una pesadilla. Se sentía cada vez más sola y más aturdida.

La marcha nupcial no dejaba de martirizarle los oídos. Y no podía dejar de darle vueltas a aquella pregunta que repicaba dentro de su cabeza, con la misma insistencia  de la música: ¿Habría dejado su madrastra- antes de que la partiera un rayo- algo de aquella pócima con la que envenenó las manzanas, dentro de alguno de los tarros de su laboratorio?

jueves, 21 de abril de 2011

MARÍA SANGÜESA: FATIGA


FATIGA

FATIGA

Se encontraba muy fatigado, el cansancio atenazaba sus nervios como una oscura sierpe. Quizá fuesen los años, quizá su mala salud, o su perenne incertidumbre ante el futuro.
Algunas veces, se acentuaba esa sensación de agotamiento cuando pensaba en Ella, en aquella mujer que había aparecido en su vida de manera fortuita. Reconocía que, al principio, había llegado a colmarle algún vacío. Incluso había llegado a sentir un cierto revoloteo de ilusión que irisó el gris de su existencia. Pero tenía que reconocer que, cuando tomó su decisión, ya habían transcurrido unos meses, y dedicarle algo de su tiempo le suponía un cierto esfuerzo. Además, Ella, le acercaba al incómodo recuerdo de cuando se enamoró- tan sólo una vez en su vida-, una treintena de años atrás. Su presencia le hacía caer en la cuenta de que no podría volver sentir, por nadie, la misma intensidad de pasión. Así fue como había ido llegando a la conclusión de que no, de que no podía ser amor lo que le había impulsado a iniciar aquella relación que comenzaba a molestarle tanto. Le fastidiaba que Ella siempre estuviese predispuesta a la risa, le molestaba lo propensa que era a sonreír a los demás, incluso sentía cierta inquina por quienes le mostraban, de manera abierta, su afecto.
En aquellos momentos, la verdad fue que tan sólo le importó su fatiga. Así que, sin otras consideraciones, puso punto final a la historia que él mismo había iniciado. Lo hizo sin posibilidad de vuelta atrás.
No quería detenerse a evaluar el daño causado. Evitaba entrar en valoraciones sobre el hecho de que a Ella no le habría hecho ninguna falta vivir aquel extraño maridaje sentimental hacia el que la había impulsado, admitía que él era el único responsable. Aunque, por otro lado, se negaba a asumir que con su forma de actuar, sin duda alguna, había quebrado la última porción de confianza que aquella solitaria mujer habría podido llegar a depositar en alguien. Estaba demasiado fatigado para tener que pararse en consideraciones ajenas.
Tan sólo le importaba que, gracias a su drástica decisión, pudo lograr su propósito de vivir en medio de aquella apacible soledad. Aunque, de vez en cuando, apareciese algún amigo que llegaba a alterarla. Si alguno de ellos le mencionaba a Ella, solía comentar que aquella ilusión que sintió, por tan breve tiempo, huyó sobre el viento de lo imposible cuando acabó definitivamente con su vínculo.
 A cambio, hoy, es plenamente consciente de que disfruta de su pequeño confort, sin complicaciones, aunque sea cierto que, en los últimos días, la fatiga haya seguido aumentando de forma implacable.
El médico ya le ha repetido, muchas veces, que son cosas de la primavera, por más que él haya insistido en reiterar que suele ocurrirle cada vez que piensa en que aquella mujer desapareció para siempre de su vida. Es en esas ocasiones cuando nota un dolor intercostal, una inexplicable molestia que se ha añadido a sus habituales achaques, y, al llegar la noche, le cuesta conciliar el sueño cuando recuerda su lejana voz o su medio borrosa sonrisa, aunque se esfuerce en apartar de su mente aquellas estúpidas salpicaduras del recuerdo.
Quizá tendría que decidirse, durante una de aquellas noches de insomnio, a desenterrar el cuerpo de Ella del jardín. Quizá sería conveniente llevar sus restos a un lugar más alejado de su vida cotidiana, menos cercano a su casa, menos próximo a sus molestas evocaciones…

sábado, 16 de abril de 2011

MARÍA SANGÜESA: ZAPATO DE CRISTAL


Me marcho unos días fuera. Os dejo un micro. ¡Hasta pronto!


ZAPATO DE CRISTAL

Hubo una gran conmoción en palacio. La bella desconocida había perdido un zapato de cristal, en la escalera. Un zapatito mínimo y transparente, suficiente evidencia de que había estado allí, sin dar a conocer su nombre, con prisas, y tan seductora que el príncipe no podía pensar en otra cosa que no fuese en la emoción de haber tenido sus manos alrededor de su talle y la mirada prendida de aquellas misteriosas pupilas.
Los ministros, acompañados de sus lacayos, cumplieron las órdenes del heredero del trono. Recorrieron la ciudad, mientras portaban aquel translúcido zapato en las manos, bien protegido por una caja de terciopelo revestida de algodón. El primer ministro, en persona, se lo iba probando a todas las jóvenes casaderas del reino.
No dejaron de visitar a ninguna de las jovencitas cuya edad estuviese comprendida entre los dieciséis y los veinticinco años. Hasta que, por último, llegaron a un chalet situado en uno de los extremos del principal barrio residencial, propiedad de un rico comerciante que había traído a su hija, la mayor de todas las que habían nacido de sus tres matrimonios anteriores, desde Londres, para que trabajase de baby-sitter de los mellizos que había tenido con su nueva esposa. En cuanto la joven se calzó aquel zapato, brillante como una copa, su pie entró sin la más mínima dificultad. Con gran alborozo fue llevada, casi en volandas, por los delegados reales hasta el palacio del príncipe.
El joven heredero, tras haber recibido con gran emoción a la bella desconocida, manifestó que deseaba contraer matrimonio con ella y se quejó de lo larga que había resultado la investigación que habían llevado a cabo sus ministros, ya que la ciudad era relativamente pequeña y todo el mundo se conocía. Expuso, con gran autoridad, que tenía que haber sido mucho más fácil encontrar a la única desconocida que habitaba dentro de aquel exiguo casco urbano. El primer ministro se inclinó de forma servil, ante él, mientras pedía excusas por su incompetencia. Aquella reverencia ocultó, a los ojos del heredero, la sonrisa que curvó sus labios. No podía evitar el hecho de recordar el suave tacto de todos aquellos jóvenes piececitos que había ido acariciando, mientras fingía probar aquel zapato de cristal. Ni la mirada cómplice de aquella ambiciosa baby-sitter

jueves, 7 de abril de 2011

PARA BEATRIZ RUIZ


Hoy cumple años una de mis más admiradas amigas. Su labor humanitaria, su dedicación, su entrega más desinteresada y solidaria a los más desfavorecidos de nuestra injusta sociedad, consiguieron que le diese mi cariño y mi confianza desde el primer momento. Ha pasado ya un tiempo, nunca me ha defraudado, al contrario, su tremenda humanidad me suele asombrar con relativa frecuencia.

Poca amiga de faranduleos, de relumbrones, de festejos, su sencillez y su claridad puede resultar chocante, en un mundo en el que lo más frecuente es el" quítate tú , que me pongo yo".

Humilde hasta extremos impensables, brava hasta lo indecible, clara hasta lo inexplicable... me va a dar un buen tirón de orejas cuando lea esta entrada, aunque lo normal es tirarle de las orejas al cumpleañero... me lo merezco. Soy despistada, así me asumen mis amigos, los de verdad, los leales. Así que mil gracias a quienes me han dicho: que no se te pase el cumple de Beatriz...

Hace unos meses le escribí este acróstico, lo hago para algunos amigos a quienes les dedico este juego literario y "demodé", como muestra de cariño, en ocasiones especiales. Sólo es un pequeño juego que nunca publicaré, pero en él vuelco mi afecto.

BEATRIZ RUIZ

Brota en manantiales un agua tan pura…

Estalla en cristales,

A través de rocas,

Tallando en aristas

Rumores de fronda en fértil frescura.

Irisando el viento con sus claridades

Zarcas como cielos en valles tendidos.


Rasga en roquedal agreste, la cima…

Un canto se eleva,

Indómito y fuerte,

Zarandeando almas sobre su corriente.

lunes, 4 de abril de 2011

HASTA SIEMPRE, JOSÉ LUIS ZÚÑIGA

Parece mentira, ha sido tan rápido, tan inesperado. El quince de Marzo lo vi por última vez, le comenté que iba a estar en Palermo el día de la presentación de su libro en el Café Libertad. Me dijo que no me preocupase, que iba a hacer otra en Los Diablos Azules. Ya nunca podré darle el abrazo que no le di ese día, ni decirle lo que me pareció ese libro que quedé pendiente de recoger de sus manos... "Cuando pase todo este jaleo de la presentación y del viaje".

Ahora es él el que ha ido a darse una vuelta por rumbos muy lejanos, quizá hacia las estrellas (me gusta pensarlo así), antes de darme tiempo para tomarnos ese café que nos quedó pendiente junto a Lidón, antes de poder charlar de tantas y tantas cosas...
Este es uno de sus poemas, lo publicó en su blog el pasado cuatro de Diciembre. Me impresionó mucho, como también a Luisa Navarrete, que le hizo un comentario especial en su blog y, además, le ha hecho más de un retrato; he estado tentada de tomarle prestado uno de ellos, pues me gustan mucho, Luisa refleja imágenes que van más allá de lo material. Pero esta entrada no va a llevar más imagen que la de su recuerdo.
¡Hasta siempre, José Luis!

A PIERNA SUELTA
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Digamos que hoy es un día extremadamente día,
un día para morirse de gusto y de un tirón.
He tomado el café por la mañana y me supo a demonios,
tal vez no adiviné que éste era el día de morirse de gusto
porque yo no adivino casi nada más allá de mi muerte
―que esa la palpo sin hurgar los posos del tifón―,
soy un desastre de premoniciones, un desastre tan célebre
que pudiera ser jueves, ni tan siquiera acierto si las sábanas
están bien remetidas en la cama después de revolcarme,
que es el colmo, asomarse al abismo de los pluscuamperfectos
entre tanto pretérito imperfecto.
Pero decía que esta mañana amaneció mañana, así, sin más,
y que esta tarde es tarde de regla y cartabón,
hasta cantan los pájaros en las ramas del tilo centenario
que la furia del viento arrasó en otra tarde menos tarde.
Para acabar diré que me gusta la noche, que soy bueno
y que no tengo nada que decir, como es obvio.
Sí, hoy es un día extraño, tan extremo
que apetece morir a pierna suelta.
José Luis Zúñiga