
Algunas veces, cuando releo algún libro de poemas me gusta abrirlo al azar. Es como un juego, como un preguntarle al tomo: "¿Qué me quieres contar hoy?". Así lo he hecho con los poemas de mi admirada poeta cubana, Dulce María Loinaz, a quien leí hace unos días en el Ateneo de Madrid, durante el homenaje a las mujeres poetas de Latino América. Y sus páginas se me abrieron por este poema, escrito en prosa poética. Su sensibilidad me ha conmovido y me ha dejado una extraña sensación, dentro de eso a lo que muchos llaman alma:
POEMA LXX
Estas son mis alegrías: las he contado, y creo que no falta ninguna. Llévalas todas a cantar tus noches, o a perderse en tus mares, o a morir en tus labios.
Estas son mis tristezas. Contarlas no he podido, pero sé que me siguen fielmente. Llévalas todas a abonar tu tierra, a ser la levadura de tu pan, la leña de tu lumbre.
Ésta soy yo: fundida con mi sombra, entera y sin rezagos. Llévame a tu corazón, que peso poco y no tengo otra almohada ni otro sueño.
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