
El alquimista
La soledad se acuna entre tinieblas
devorando paciencia.
El afán ciñe el ojo de la alquimia
que ve brotar mercurio de la mezcla:
hay que hacer otro intento.
“Artis auriferae quam chemiam vocant”.
Siempre surge la duda,
pero vence la fe en el polvo rojo
que esbozó Paracelso, y al ingrato
atanor vuelve el reto.
Muchas veces el plomo transmutó
según lo prescrito,
y al llegar la coniunctio nunca el polvo
cambió el color, quedándose sin ánima
el cansado oficiante.
“Artis auriferae quam chemiam vocant”.
Siempre surge la duda,
pero vence la fe: seguir buscando
la razón de vivir, como el poeta
cuando teje sus versos.
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