domingo, 31 de enero de 2010

RUBÉN DARÍO: LA CALUMNIA



Hay algunas gentes que buscan medrar a costa de lo que sea. Cuando se ven descubiertas, cuando sus espúreos planes se les caen porque no han conseguido engañar al prójimo, lo que les queda es mostrar su ruindad sin límites emponzoñando, aún más, aquello que quisieron utilizar para sus fines. Entonces, en su vileza, recurren a la calumnia y a la difamación. La calumnia puede oscurecer, brevemente, la imagen de una persona, pero el tiempo despeja el camino de la verdad y el difamador queda dónde le corresponde estar, en el lodo que él mismo ha creado. Y es más, la maldad, cuando es demasiado evidente, ni tan siquiera daña pues primero mueve al desprecio y, luego, puede llegar a generar hasta cierta compasión, ante la pobreza de recursos interiores y la miseria moral de quien así actúa. En el colegio, cuando era pequeña, éste era uno de los poemas que teníamos que aprendernos de memoria. Y espero no olvidarlo nunca.

Poema La Calumnia de Rubén Darío:

Puede una gota de lodo
sobre un diamante caer;
puede también de este modo
su fulgor oscurecer;
pero aunque el diamante todo
se encuentre de fango lleno,
el valor que lo hace bueno
no perderá ni un instante,
y ha de ser siempre diamante
por más que lo manche el cieno.

martes, 26 de enero de 2010

ÁNGEL LUIS ROMO: CIENCIA O SUEÑO


CIENCIA O SUEÑO
Sueño nos da la fe, muerte la ciencia
(Miguel de Unamuno)


A ti, que vives sólo por la ciencia,
y que lo explicas todo con la lógica,
incluso lo que no entendiste. A ti,
que tienes la razón por herramienta,
y vives descifrando lo que observas,
Santo Tomás, tu dedo en las heridas,
te digo: que he vivido abandonándome,
un poco de anarquía, persiguiendo
luces entre las sombras, corazones
anchos como el océano, mentiras
que resultaron ciertas, relegados
enigmas que se aislaron de lo empírico…
para saber al fin lo que deseo.
Me quedo con la duda de los niños
y la verdad que anida en pechos blancos,
con el misterio oculto en la Pirámide,
y esos profundos sueños de la Puerta
de Asta que revelaron los poetas.
Me quedo con lo espeso de los bosques,
el rincón de las hadas y los duendes,
y también con la magia de las manos.
Me quedo con la vida, la esperanza,
y con el ulterior paso del alma
por esa senda insondable, infinita,
y con un corazón muerto de amor
al que llamemos nuestro. Y te aseguro:
ni puede la razón explicar todo,
ni debe ensombrecer mi fantasía.


Ángel Luis Romo


Cuando Ángel me envió ayer este poema, para conocer mi opinión, me pareció un poema hondo e intenso. Ya tiene publicados, que yo recuerde, seis libros; sin contar las antologías, ni los premios que lleva ganados y que desembocaron en otras tantas publicaciones. Aún recuerdo cuando nos reuníamos en las tertulias y el taller de Jose Alberto Santiago, el gran poeta argentino que nos dejó hace ya bastantes años y a quien siempre consideraré mi maestro; por aquel entonces yo no era capaz de hablar en público, no podía vencer mi timidez, y cuando Santiago me pedía que leyese lo que había escrito, me sonrojaba y mi voz era un sonido casi imperceptible... Chema Barredo y José Borrás me daban bastante caña, Ángel lo que me daba eran explicaciones y consejos, Elena Bohigas siempre me animaba ... Chema, Ángel y yo seguimos metidos de lleno en este mundo de las letras. Es curioso, casi todo lo que leíamos, entre nosotros, por aquellos tiempos, era narrativa. Y ahora, los tres, estamos escribiendo, en primer lugar y con gran dedicación, poesía. Chema y Elena también han ganado concursos, yo nunca he tenido el valor de presentarme. Pero cualquier día me atrevo, igual que una vez me lancé a leer poemas en público, por primera vez, y ya nunca he parado. Y hasta disfruto haciéndolo.
A Ángel siempre le agradeceré el magnífico epílogo, o post facium, que escribió para mi primer libro de cuentos, como él dice: igual que hizo Lope para Violante, por encargo de la dama, en este caso yo. En fin, que nos une una larga amistad de muchos años, y que mi admiración y mi cariño por él (por ellos) han seguido creciendo y afianciándose con el tiempo. Y ya sólo me queda decir que espero con impaciencia el próximo libro de mi amigo, Ángel Luis Romo.

domingo, 24 de enero de 2010

NACHA GUEVARA/BENEDETTI: VUELVO



El nombre de este poema de Mario Benedetti es: Quiero creer que estoy volviendo. Pero la versión musical de Favero, interpretada por la gran Nacha Guevara, se conoce como: Vuelvo.
Ayer visité el blog de Gustavo Tisocco, y vi que le había hecho un bonito homenaje a esta magnífica cantante y actriz. Le dejé un comentario en el que recordaba cómo me impresionó su espectáculo, Sesenta años no es nada, no recuerdo exactamente la fecha, pero ya deben de haber transcurrido, al menos, siete u ocho años más. La belleza y el arte de esta mujer siguen incólumes. De todo cuanto ha interpretado, que es muchísimo, a mí me gustan sus versiones de Benedetti, aunque tiene también alguna de Paul Eluard que resulta estremecedora, por ejemplo: Te nombro, Libertad. Que traeré aquí un día de éstos.
Os dejo unos enlaces para acceder al blog de Gustavo, así podréis ver el precioso video de la Guevara. Y, si tenéis tiempo y ganas, alguna entrada de poemas que él me ha publicado en: Mis Poetas Contemporáneos. Feliz domingo.

HOMENAJE A NACHA GUEVARA http://videopoemasdegustavotisocco.blogspot.com/2010/01/homenaje-nacha-guevara.html

María Sangüesa http://mispoetascontemporaneos.blogspot.com/2010/01/poema-de-maria-sanguesa.html

QUIERO CREER QUE ESTOY VOLVIENDO

Vuelvo
quiero creer que estoy volviendo
con mi peor y mi mejor historia
conozco este camino de memoria
pero igual me sorprendo

hay tanto siempre que no llega nunca
tanta osadía tanta paz dispersa
tanta luz que era sombra y viceversa
y tanta vida trunca

vuelvo y pido perdón por la tardanza
se debe a que hice muchos borradores
me quedan dos o tres viejos rencores
y sólo una confianza

reparto mi experiencia a domicilio
y cada abrazo es una recompensa
pero me queda
y no siento vergüenza
nostalgia del exilio

en qué momento consiguió la gente
abrir de nuevo lo que no se olvida
la madriguera linda que es la vida
culpable o inocente

vuelvo y se distribuyen mi jornada
las manos que recobro y las que dejo
vuelvo a tener un rostro en el espejo
y encuentro mi mirada

propios y ajenos vienen en mi ayuda
preguntan las preguntas que uno sueña
cruzo silbando por el santo y seña
y el puente de la duda

me fui menos mortal de lo que vengo
ustedes estuvieron / yo no estuve
por eso en este cielo hay una nube
y es todo lo que tengo

tira y afloja entre lo que se añora
y el fuego propio y la ceniza ajena
y el entusiasmo pobre y la condena
que no nos sirve ahora

vuelvo de buen talante y buena gana
se fueron las arrugas de mi ceño
por fin puedo creer en lo que sueño
estoy en mi ventana

nosotros mantuvimos nuestras voces
ustedes van curando sus heridas
empiezo a comprender las bienvenidas
mejor que los adioses

vuelvo con la esperanza abrumadora
y los fantasmas que llevé conmigo
y el arrabal de todos y el amigo
que estaba y no está ahora

todos estamos rotos pero enteros
diezmados por perdones y resabios
un poco más gastados y más sabios
más viejos y sinceros

vuelvo sin duelo y ha llovido tanto
en mi ausencia en mis calles en mi mundo
que me pierdo en los nombres y confundo
la lluvia con el llanto

vuelvo
quiero creer que estoy volviendo
con mi peor y mi mejor historia
conozco este camino de memoria
pero igual me sorprendo.

Mario Benedetti.

viernes, 8 de enero de 2010

MARÍA SANGÜESA: EL PALMERAL

Imagen de Internet

Os dejo con un cuento de mi libro, Del Más Allá, publicado hace dos años. Es un poco largo, pero como voy a estar fuera durante unos días y no sé si voy a tener acceso a Internet, supongo que no os importará que la lectura sea más prolongada de lo habitual. Este cuento está ambientado en Canarias. La tabaiba es una planta muy común en las islas, su tallo y sus hojas son muy carnosos, su savia es lechosa y, al poco rato de ser axtraída, adquiere una textura gomosa. Existen dos clases, la tabaiba amarga, que los guanches utilizaban para pescar los peces que quedaban apresados en los charcos que la marea baja dejaba en las hendiduras de las rocas, ya que los adormecía; y la tabaiba dulce, que los niños solían masticar como si fuese chicle. Nunca logré distinguir una de otra, así que no me atreví a probarla, aunque estoy segura de que algún día lo haré. Hasta pronto, que tengáis momentos muy felices.

EL PALMERAL

Se podía escuchar el agua que corría por la acequia. El frescor del porche se acentuaba con el rumor de los helechos que agitaba la brisa cuando penetraba entre los pilares en dónde estaban colgados. Zita se sobresaltó, la señora se le presentó de repente. Últimamente lo hacía con mayor frecuencia de lo que acostumbraba. Ocurría desde que la habían confinado en el cuarto de arriba. Nadie quería creerla por más que repetía que, desde que dejó de andar, su presencia era constante. Aparecía en cualquier sitio para pedirle un vaso de agua, un zumo de papaya, que le sacara la hamaca al barandal o que le subiese un caldo de berros.
Sus hermanas, que tan sólo lo eran de madre, también eran reviejas, pero caminaban más ligeras que aquel viento que alborotaba las hojas del palmeral.
Cuando les contó que doña Nievitas se le desdoblaba para conseguir todo lo que necesitaba, y algún que otro capricho, se rieron de su bobería. Luego, se amoscaron al notar que parecía adivinar todo lo que la inválida pedía. Fue entonces cuando decidieron subir a la señora a la más grande de las habitaciones de la azotea. En la puerta colgaron una cruz hecha con ramas de romero y acudían todas las tardes a rezar un rosario con ella.
Ya no les contaba nada. Al caer la tarde, se sentaba un rato con la señora. Miraban juntas cómo el sol se ocultaba tras las escarpadas paredes del barranco. Las sombras hacían más hondas las cuevas de los guanches y ella le hilvanaba historias sobre su valentía, sus amores, sus costumbres, y cómo les habían despojado de sus refugios y de todas sus pertenencias, incluso después de la muerte, profanando su eterno descanso.
- Zita, tráeme una maceta con una de esas tabaibas que habéis plantado a la entrada del patio- le dijo la anciana para desvanecerse después en el aire.
Obedeció, como de costumbre, y subió con la planta apoyada en su cadera.
- Aquí tiene, doña Nievitas, le traje el tiesto más pequeño porque ni se puede usted imaginar cómo pesa.
-Déjalo ahí, junto al marco de la puerta, y córtale una hoja para que la masque. Cuando era una niña me gustaba masticar las tabaibas dulces, su jugo es cómo el chicle que le venden ahora a los pequeños, pero el sabor es el de la propia tierra en la estamos enraizados.
Le dio una de aquellas hojas carnosas que rezumaba un líquido lechoso.
-Ya sé que estás pensando que cada vez me voy más hacia atrás, en busca de mi infancia- dijo la anciana mientras le hacía un gesto para que se sentase a su lado- pero es que me voy acercando al final.
- Me lo lleva usted diciendo tanto tiempo que estoy segura de que vamos a celebrar su centenario y muchos más- dijo la muchacha arrimando una silla de anea.
- No, mi niña, la verdad es que estoy un poco cansada de esta vida tan quietita que llevo. Cuando miro los riscos y los abrigos que albergaron a los míos, cuando contemplo todos esos senderos, llenos de escondrijos, que me aprendí de memoria antes de que me quitasen los calcetines, me caen los años encima como lluvia de piedras.
- No me cuente esas cosas a mí- le contestó la criada, mientras se volvía a colocar una horquilla que se le había desprendido-. Si alguien sabe que usted puede ir a dónde se le antoje, ésa soy yo.
- Tú tampoco lo comprendes. Una cosa es que mi otro yo te pida algo y otra bien distinta es que pueda pasearse por donde le plazca- replicó con irritación en la voz. El tiempo todo lo debilita. En fin, este don me ha servido para conocer cosas que otras gentes nunca encontrarán- dio un hondo suspiro-. Lo único que me preocupa es lo que harán conmigo esas dos beatonas que tengo por hermanas.
- Pues que han de hacer, doña Nievitas, enterrarla cómo a buena cristiana.
-Precisamente eso es lo que no quiero, mi niña. Soy la mayor de las tres, la única engendrada por el primer marido de mi madre. Y desde que él se marchó para América y de allí pasó a mejor vida, siendo yo muy chiquita, me convertí en la última descendiente de la estirpe del Mencey. ¿Sabes lo que hizo para no caer en las manos de los vencedores?- Zita lo sabía, pero se encogió de hombros para que se lo contase una vez más-, pues se tiró desde allá arriba, desde lo más alto de la cueva del Tajinaste. Y lo mismo hicieron todos los combatientes que se encontraban a su lado, no querían perder su libertad. Los cristianos los enterraron con sus santos ritos. Pero los guanches que sobrevivieron se llevaron el cuerpo de su Señor, a escondidas, y le dieron sepultura como él hubiese deseado. En un alto escondrijo, en una tierra sagrada para nosotros. Le colocaron de pie para que siguiera dominando su territorio, con la cabeza mirando hacia la dirección en la que se encuentra el Padre de Todos los Volcanes. Y allí le ocultaron, sin que nadie le doblegara, para que ningún extraño pudiera interrumpir su sueño. Jamás le encontraron, seguirá oteando nuestro barranco desde más allá de dónde podamos alcanzar a ver.
- ¿Y nadie sabe dónde está?
- Ya hemos hablado bastante- dijo la anciana con una sonrisa, mientras le daba un ligero empujón con la mano-. Ahora vendrán estas meapilas con sus rezos. Vuelve a subir cuando acabes tus tareas, así no tendré que hacerte dar un respingo, si es que tengo que ir a buscarte.

Los días del largo verano pasaron entre el canto de las cigarras y el de los grillos. Todos parecían iguales, salvo por las voces y carreras de los chiquillos que no tenían escuela y disfrutaban de las vacaciones en las casas que se alzaban junto al palmeral.
Durante el estío, doña Nievitas, llamaba menos veces a Zita porque su único nieto, Vanza, subía a escuchar sus narraciones. Pero, de vez en cuando, se le aparecía para decirle, simplemente, que aquel niño era más listo que el guanaja de su padre, que nunca quiso enterarse de nada y que ni siquiera había querido casarse con la madre de la criatura, a pesar de que tenía edad suficiente para ser su abuelo, y sabía que no tendría posibilidad de procrear más descendencia.
- Pero si usted tampoco se casó. Bien que lo sé, porque lo pregonan sus hermanas cada vez que llegan aquí su hijo y el niño- le replicó en cierta ocasión en que la aparición de la señora fue tan inoportuna que multiplicó, aún más, el agobio que sentía mientras tenía que deshacer y ordenar el equipaje de todos los visitantes.
- ¡Qué sabrás tú, pico loro! Ese botarate se embarcó para Cuba buscando hacer fortuna y lo que hizo fue beberse el océano, sin enterarse de que me había preñado- le lanzó un destello de rabia y se evaporó con un relampagueo que le erizó todo el vello.
Nunca más le mentó las habladurías de las mujeres de la casa. En realidad, doña Nievitas, había sido siempre el ama, y aunque ahora abusaban de su decadencia física, seguían temiendo esa fuerza que desprendía y que eran incapaces de comprender.
Un día, mientras cosía sentada a su lado en la azotea y la anciana masticaba un poco de tabaiba, volvió a hablarle de su nieto.
- Vanza está ya muy mayor. No se asusta del don. La otra mañana no pude resistir la tentación de acercarme a ver lo que hacía en la charca, me vio y me preguntó qué pasaba, sin que retrocediera ni un paso. Siento mi raza en sus venas. Así que ahora también voy a ir a pedirle, de vez en cuando, alguna cosa a él- sacudió la cabeza, como negándose a admitir lo que iba a decir-. Con mi hijo lo intenté, pero se mojó la pata y estuvo sin dormir cerca de un año. Llenó de pilas de agua bendita la habitación y no paraba de santiguarse- se rió con cierta amargura-. Tuve que convencerle de que lo había soñado. Salió a su padre, que cuando fui a decirle que al mismo llegar al puerto volviese a embarcar para preparar nuestro casamiento, sintió tal espanto, nada más verme aparecer, que del susto se mareó y se escurrió por la borda-abrió un abanico que tenía sobre su regazo y lo utilizó con desgana-. Cuando llegue el momento os avisaré a los dos. El día en que me apague quiero que me pongáis mirando al valle de la barrancada. Acordaos del Mencey.

Zita estaba barriendo el porche cuando notó que los helechos temblaban más que de costumbre. Un ruido sacudió el palmeral y un viento recio enredó las hojas con un remolino como jamás había visto antes. Doña Nievitas se le apareció, más pálida que nunca.
- Sube, mi niña, que Vanza ya está de camino- se desintegró en el aire, con un fogonazo tan blanco que la deslumbró.
Corrió escaleras arriba, con una extraña opresión en el pecho. El muchacho ya había llegado y sujetaba la mano de su abuela que se encontraba sentada en una mecedora.
- Sacadme fuera, aquí donde estoy, sin levantarme. Y cuando me hayáis colocado hacia
dónde está el Padre de los Volcanes, sujetadme un momento para que pueda estar de pie.
En silencio, hicieron lo que les pidió. Al enlazarla por debajo de los brazos, levantó la barbilla, erguida como una estatua, y dejó de respirar con los labios curvados en una sonrisa.
Nadie dijo nada, sus hermanas quisieron que reposara en el panteón de la familia, que cubrieron de cruces trenzadas con romero. Zita y Vanza trasplantaron la tabaiba dulce, que tanto le gustaba, cerca de la losa. Y pasaron los años.
La más revieja de las dos señoras murió como una buena devota. Siguiendo la tradición, fue llevada a la tumba donde descansaban todos los amos del palmeral. Entre cantos y rezos abrieron el lugar para depositarla allí, con todos los honores que el ritual imponía.
El sitio dónde tenía que estar doña Nievitas estaba vacío. Un hondo estupor paró en seco todas las voces. La gente se miraba tan desconcertada que no sabía qué decir. Luego se alzó un rumor de cuchicheos, tan intenso como el vuelo de miles de avispas.
Buscaron el cuerpo por todos los rincones del barranco. Durante meses ofrecieron una recompensa para quien fuese capaz de devolverlo, o de encontrarlo. Pero todo resultó inútil.
Había desaparecido.
Un atardecer, Zita subió a la azotea con su cesta de costura. Allí estaba Vanza, sentado en la mecedora de su abuela. Arrimó la silla de anea y, después de unas puntadas, no pudo contener sus ganas de hablar.
-Mi niño, ¿recuerdas todo lo que ella contaba sobre el Mencey?
- Claro que sí. Me pasaba horas escuchando sus historias, cada vez que necesitaba que le oyese venía a buscarme.
Siguió cosiendo durante un rato, hasta que se pinchó y soltó el paño para chuparse una gotita de sangre.
-¡Ah! No me puedo centrar en estos hilos. ¿Tú crees que la señora sabía dónde estaba el Guanche?
- Supongo que en el mismo lugar dónde ella se encuentra en estos momentos - murmuró el muchacho mirándola con una especial expresión-, pero ya hemos hablado bastante- se encogió de hombros, con fingido desenfado-.Ya te dijo que eso no lo sabe nadie- continuó murmurando, mientras contemplaba el palmeral del valle con una extraña luz dentro de sus ojos-. Y nunca se debe de preguntar.

(DEL MÁS ALLÁ, cuentos de fantasmas)

martes, 5 de enero de 2010

DULCE MARÍA LOYNAZ: CÁRCEL DE AIRE



El primer poema que os dejo aquí, en este año que comienza, he querido que fuese de Dulce María Loynaz. Siempre será un referente para mí, es la mujer poeta que más he estudiado y leído. Y me sigue emocionando.

CÁRCEL DE AIRE

Red tejida con hilos invisibles,
cárcel de aire en que me muevo apenas,
trampa de luz que no parece trampa
y en la que el pie se me quedó-entre cuerdas
de luz también...-bien enlazado.

Cárcel sin carcelero y sin cadenas
donde como mi pan y bebo mi agua
día por día... ¡Mientras allá fuera
se me abren en flor, trémulos, míos
aún, todos los caminos de la tierra!....

domingo, 3 de enero de 2010