domingo, 28 de febrero de 2010

MARÍA SANGÜESA: UNA CASA EN LA NIEVE

Imagen de Internet.

UNA CASA EN LA NIEVE

Se había roto el tobillo de la manera más absurda, al bajar del telesilla. El reposo que le había impuesto el médico la mantenía en un permanente estado de aburrimiento. Solía pasar varias horas mirando por la ventana. Poco a poco, casi sin darse cuenta, fue entrando en la rutina del escaso vecindario. Aprendió a relacionar los paseantes con sus respectivas viviendas y a distinguir quienes eran los visitantes ocasionales de aquel pueblo montañés y quienes sus habitantes.
Desde el principio le llamó la atención un hombre que pasaba todas las tardes, siguiendo una única dirección. Era rubio y siempre llevaba una pelliza marrón. Parecía venir desde la iglesia y después se perdía tras el recodo de la carretera que descendía hacia el valle. Era la única persona que no había podido clasificar como vecino, ni como visitante.
Un atardecer se desató una fuerte ventisca. La nieve comenzó a caer mientras azotaba todo cuanto se encontraba a su paso. La oscuridad se adueñó súbitamente del cielo. Al encender el farolillo del porche, vio al misterioso paseante intentando refugiarse bajo la marquesina, con el cuello del chaquetón levantado hasta la orejas y las manos hundidas en lo más hondo de sus bolsillos. Cuando la luz descendió sobre él, giró su rostro hacia la ventana. Aquel desconocido, indefenso ante las iras de la naturaleza, despertó su compasión y mediante señas le indicó que se acercase a la puerta. La abrió con dificultad y entre los dos tuvieron que cerrarla mediante un fuerte empujón.
- Gracias, menudo apuro, pensé que había llegado al final de mi camino.
- ¿Por qué no llamó antes?
-Lo estuve haciendo en las casas de enfrente y no conseguí que me contestara nadie.
- Es que la mayoría de los vecinos no viven aquí, están trabajando fuera y solo las ocupan durante las vacaciones. Pase y acomódese cerca de la chimenea. Está helado.
- No es mi intención molestarle...
- En una tarde como ésta no molesta nadie, se trata de una situación de mera supervivencia. ¿Cómo se llama?
El desconocido sonrió tímidamente y se sentó en silencio frente al fuego. Como si no hubiese escuchado la pregunta.
- Yo me llamo Isa, ¿y usted?
- Perdone, debí decirle mi nombre, soy Carlos. Estoy tan cansado y tengo tanto frío que me he quedado sin reflejos.
Le preparó un ponche caliente y él apenas bebió un trago. Parecía no poder dejar de mirar la escayola de su tobillo.
- ¿Un accidente de ski? – dijo al cabo de un rato, como si le costase pronunciar cada una de las palabras.
- Podría decirse que sí, aunque en realidad fue una tontería, no tuve tiempo ni de comenzar a practicarlo.
- Es un deporte muy arriesgado. Aunque uno crea que lo domina perfectamente siempre tiene el peligro ahí, agazapado como una fiera a la espera de su presa.
Ella le contó entre risas, mientras bromeaba, la causa de su accidente. También le estuvo comentando lo contenta que se sentía por haber conseguido la plaza de maestra en la pequeña escuela del lugar, y la suerte que había tenido al encontrar aquella casa con unas vistas tan espectaculares. Fueron intercambiando anécdotas y vivencias de todo tipo. Así se enteró de que él había nacido en la pequeña población y de que su casa estaba a pocos kilómetros de allí, en la bajada hacia el valle, casi oculta por la vegetación. Acabaron tuteándose, como dos buenos amigos.
La ventisca fustigaba los postigos de madera y hacía que el humo revocase de vez en cuando desde el tiro de la chimenea, invadiendo el aire del pequeño salón.
La nieve había ido acumulándose en la calle hasta alcanzar el alféizar de la ventana. Isa optó por darle una manta y dejarle dormir en el sofá que había frente al fuego.
Antes de acostarse abrió en silencio la puerta de su habitación para preguntarle si sentía frío o quería beber algo caliente. Le encontró dormido, las pequeñas llamas arrancaban brillos anaranjados de su pálida piel y de su cabello, revuelto y claro, haciendo que destacase de una extraña manera sobre la oscura tapicería. Le arropó como si fuese un niño y deseó, sin saber por qué, que aquella noche no acabara nunca.

Al cabo de unos días todo parecía envuelto por una irisada escarcha que hacía más intenso el gris del camino.
Carlos pasó a la hora de siempre. Le esperaba tras los cristales apoyada sobre la muleta, dispuesta a franquearle la entrada en cuanto se acercase. Cuando se aproximó sacó una rosa de té del interior de su pelliza y se la entregó con una sonrisa. Al tomar la flor notó que las manos de él estaban absolutamente heladas.
- ¿Quieres pasar? – le preguntó mientras abría la puerta.
Y él entró. Desde aquel día la rosa de té y el rato de charla fueron convirtiéndose en una rutina.
Bromeaban mientras él le ayudaba con los ejercicios de rehabilitación. Hablaban de sus lecturas, de arte, de música, o de las últimas noticias. Pero evitaban contarse intimidades. Ella lo había intentado, pero él, siempre con su peculiar sonrisa, callaba unos instantes y cambiaba el curso de la conversación.
No pudo averiguar el motivo de su paseo diario y unidireccional.
Cuando le quitaron la escayola, Carlos demostró ser un buen fisioterapeuta que hizo más rápido el proceso de su incorporación a la vida diaria. Celebraban cada avance entre risas y copas.
Un día acabaron bailando la suave melodía de una vieja balada a la luz de las llamas. La besó, primero con ternura, después con pasión. Los labios de él, que al principio parecían estar tallados en hielo, acabaron ardiendo al calor de los suyos. Fue entonces cuando él se apartó y la miró con aquella indescifrable expresión que tanto le había llamado la atención desde el día en que se conocieron.
- Tengo que marcharme.
- ¿Tan temprano?
- No, no es eso. He de irme fuera del valle. Y me temo que será por una larga temporada.
- ¿Durante cuanto tiempo?
- Aún no lo sé. Pero tengo que marcharme mañana. He estado esperando a que te encontrases bien. Has sido una buena convaleciente, con muchas ganas de curarte.
- ¿Cuando volveré a verte?
- No puedo decirte cuándo, pero sí asegurarte que no debes dudar jamás de que nuestro encuentro será inevitable. Te amo.
Ella miró hacia el valle. Las blancas montañas le parecieron grises, los caseríos solitarios, el río amenazador.
- ¿Me amas y me dejas?
- No, no debes pensar eso, ya te he dicho que nuestro próximo encuentro será inevitable. Siempre que tú decidas continuar aquí y, por supuesto, esperarme. No quiero que te sientas obligada por mis palabras, piensa en mí y también en ti, sobre todo en ti. Si decides esperarme será para permanecer unidos de manera definitiva aquí, en este valle que es tan hermoso y tan duro como la propia vida. De momento te dejaré tranquila. Quiero que madures la decisión de irte o de quedarte sin forzarte a nada… El silencio y la distancia serán tus mejores consejeros antes de asumir este compromiso.

La nostalgia se adueñó de su vida. La tristeza, igual que un ala cortante y acerada, planeó de lleno sobre ella.
Para poder soportar aquella ausencia daba largas caminatas. Siempre seguía la estrecha carretera que, invariablemente, amanecía acharolada por la nieve que se iba fundiendo sobre los setos y las casas de piedra mientras iba borrando todas sus huellas, como si la presencia de él hubiese sido tan sólo un sueño.
Bajaba hasta encontrar el sendero que conducía a la antigua mansión donde él había nacido. Acariciaba las piedras que formaban los muros de la casa. Se aprendió de memoria cada uno de los detalles que componían el escudo que presidía el dintel de la puerta. Intentaba ver algo a través de los postigos cerrados, mientras buscaba alguna grieta, algún resquicio que le permitiese mirar hacia adentro y contemplar aquellas paredes entre las que su misterioso enamorado había crecido.
Algunas veces el ulular del viento le llenaba los oídos, entonces creía escuchar voces en el interior de la casa. Pero lo único vivo que había descubierto eran los macizos de rosas de té, que tanto le gustaban, al fondo del jardín, en un pequeño invernadero. Llegó a cortar unos esquejes para plantarlos en su jardincillo. Era una manera de retener su recuerdo mediante algo que tuviese vida, que fuese tangible.
El aspecto abandonado de aquel lugar se le enredaba entre la maraña de sentimientos y pensamientos que iba tejiendo dentro de ella aquella inmensa añoranza. El silencio de él era tan extraño, tan largo, que no podía comprender su origen, aunque le hubiese explicado que de aquella manera la dejaba en total libertad para decidir sobre su futuro.
Un día se dio cuenta de que repetir siempre el mismo itinerario era un comportamiento obsesivo que no ayudaba nada a calmar su soledad. Decidió ir cambiando el rumbo de su discurrir cotidiano y explorar otros lugares distintos. Comenzó por lo más elemental, caminar en dirección contraria. Llegó hasta la pequeña iglesia románica que había a las afueras del pueblo. La puerta estaba cerrada. Empujó la pequeña cancela que se encontraba adosada al recinto sagrado y penetró en el reducido camposanto.
Una vez dentro, le llamó de inmediato la atención un viejo panteón de granito gris. Conocía perfectamente el escudo que se hallaba tallado en el centro de la cruz. Se acercó llena de curiosidad. Sobre un macetón de alabastro había un ramo de rosas de té, ya marchitas, situado al pie de una fotografía que parecía contemplarla desde detrás de un grueso cristal, sobre la lápida. Un joven rubio, de tímida sonrisa y aspecto desgarbado, parecía sonreírle desde el alto cuello de una pelliza marrón.
La impresión recibida fue demasiado grande. Se sintió desfallecer y sin poder apartar los ojos de aquel retrato sintió como las lágrimas resbalaban sobre sus mejillas. Le pareció increíble, pero la evidencia acreditaba que acababa de dar con la respuesta a tanto silencio, a tanto misterio.
Cayó sentada frente a la fotografía, al lado de una jardinera que contenía unas enredaderas secas que doblaban sus tallos sobre la losa y que no le dejaban leer su nombre, pero la fecha indicaba que había muerto dos años antes del día en que se habían conocido.
Desde aquella tarde volvió muchas veces. Se sentaba sobre el borde de la tumba y le contaba las incidencias del día, el último libro que había leído, la última música que había escuchado. Le cambiaba las rosas cuando comenzaban a marchitarse. Y no podía evitar perderse en su infinita tristeza mientras contemplaba aquel rostro que seguía amando, todavía, sin dejar de preguntarse si estaba enloqueciendo, si le había conocido realmente alguna vez. Sabía que estaba esperando recibir una respuesta que jamás llegaría.
Una tarde se le acercó un anciano que llevaba un severo traje oscuro con alzacuellos de sacerdote. Se encontraba ocupada en recortar las enredaderas que habían comenzado a verdear sobre la lápida.
- Era un muchacho extraordinario – dijo mientras posaba una sarmentosa mano sobre sus hombros –, fue una lástima que aquel alud barriera la ladera mientras esquiaba. Le habían advertido muchas veces que no abandonara las pistas, pero había crecido haciendo slalom sobre aquella zona y creía que nunca le ocurriría nada, hasta que sucedió. Su hermano gemelo fue quien le encontró, acababa de terminar la carrera de medicina, luchó por reanimarle pero todo fue inútil.
El pobre chico se quedó totalmente traumatizado, fue encerrándose en su soledad de tal manera que daba la impresión de que ya no le interesaba nada- el anciano hizo una pausa para sonarse, después de dar un largo suspiro-. Para mí fue un alivio que, después de un año, decidiese ejercer de nuevo su carrera. Durante las vacaciones suele venir aquí todos los días. Le gusta bajar por aquel atajo, ese sendero que a penas se puede ver entre las peñas y que llega casi en línea recta desde su casa. Le gusta traerle las rosas recién cortadas, igual que ésas que acaba usted de dejar ahí. Charla unos minutos con él, como si estuviese vivo. A veces hago cómo que nos encontramos, y entonces también habla conmigo. Aunque no me gusta interrumpirle, y él es excesivamente reservado. Después regresa caminado por la carretera, la subida es mucho más fácil por allí- la expresión del hombre cambió para iniciar una sonrisa-. El último día que le vi me dijo que había solicitado la plaza de médico rural en este pueblo. Quiere establecerse por aquí de forma definitiva. Estoy seguro de que cuando llegue le agradecerá mucho comprobar la excelente manera que ha tenido usted de cuidar de la tumba de su hermano.
Mientras escuchaba al sacerdote, Isa no podía apartar sus ojos del nombre de la lápida que acababa de quedar al descubierto después de recortar la hiedra. Aquellas letras no decían que se llamase Carlos, aunque tuviese el mismo apellido.
Sintió que una oleada de sangre le subía al rostro. Consiguió balbucear unas palabras de cumplido y salió corriendo de aquel recinto.
Por el sendero, ya de regreso, notó que el hielo se estaba fundiendo bajo los claros haces de luz que se escapaban de entre las nubes.
El rumor de un motor de automóvil que se iba apagando frente a su casa se mezcló con el de las carcajadas y sollozos que iban brotando, entrelazados, desde lo más hondo de su garganta.
Era él, no cabía duda, acababa de regresar. Carlos salió a su encuentro dando un seco golpe a la puerta del coche.
Isa vaciló, no sabía si abrazarle o llenarle de reproches. Se aproximó, lentamente, vencida por sus sentimientos y se dejó estrechar por aquellos brazos que tanto había añorado. Entonces alcanzó a ver, reflejado en los cristales del parabrisas, a un joven rubio, vestido con una pelliza marrón, que le sonreía con su extraña mirada mientras levantaba una mano, alejándose por el otro lado del camino, con un gesto de incierta despedida.

miércoles, 24 de febrero de 2010

SEVILLA, EN LAS VOCES DE ROCÍO JURADO Y PLÁCIDO DOMINGO



He estado buscando imágenes y canciones de Sevilla. Quería que reflejasen un poco de la belleza de esa ciudad tan llena de historia, literatura y leyendas. Brujulendo por Youtube, he encontrado este video con las voces de la gran Rocío Jurado y el enorme Plácido Domingo. Contiene unas imágenes que me han adentrado en la nostalgia de los días vividos allá, en compañía de unos amigos que han sido unos compañeros maravillosos. Algunos permanecen en aquella ciudad, tienen el privilegio de vivir en ella e incluso de haber nacido allí. Otros llegamos de diferentes lugares...Málaga, Segovia, Santa Cruz de Tenerife, Tetuán (Marruecos), Madrid... En estos momentos todos nos sentimos un poco sevillanos, estoy segura de ello. Y miramos con preocupación al río Guadalquivir, ese río espejeante y amplio que ha desbordado sus riberas por la provincia sevillana, además de por las tierras de Jaén y de Córdoba. Hemos pasado de la sequía más severa a la necesidad de desembalsar los pantanos, para que no revienten. Estamos habitando un invierno gris, frío, y lluvioso, mientras transitamos por una oscura crisis económica y social que nos tiene sumidos en una profunda sombra de tristeza y desesperanza, a casi todos los que nos encontramos viviendo en este país. Por eso hay que agarrarse a momentos hermosos, hay que hacer aflorar los recuerdos y dejar que nos llenen de luz. De todos los recuerdos que me nacen en este instante, en el que necesito iluminar mi senda, es el de Sevilla el que más me alumbra. Y no sólo por lo reciente que es, sino por todas las luminarias que se me trenzan dentro cuando me dejo ganar por los ecos de las voces de mis amigos... y de los pasos dados, junto a ellos, por Triana, por Santa Cruz, por la Macarena...Y ahora, tan sólo puedo pensar en una plegaria: que no crezcan más las aguas, que se detengan, que vuelvan a su cauce.

SEVILLA

Torres con alas de oro
que sueñan distancias.
Calles con sombras de siglos
y nardos de plata.
Cantes que arañan estrellas
que arañan el alma.
Noches reflejos de un rio
que quiso ser mar,
que quiso ser mar.

Sevilla,
verde claridad sonora.
Verde tierra, azul el aire
donde el agua adormecida
de una torre se enamora.

Sevilla,
verde claridad sonora.
De andaluzas soledades.
Fuego, nieve, llanto y cante.
Sevilla, Sevilla, Sevilla.

Cantes que arañan estrellas
que arañan el alma.
Noches reflejos de un rio
que quiso ser mar,
que quiso ser mar.

Sevilla,
verde claridad sonora.
Verde tierra, azul el aire
donde el agua adormecida
de una torre se enamora.

Sevilla,
verde claridad sonora.
De andaluzas soledades.
Fuego, nieve, llanto y cante.
Sevilla, Sevilla, Sevilla.

MARÍA SANGÜESA: DANIYA

Denia, en Alicante, fue el antiguo reino de taifas de Daniya. Imagen de Internet.

Tengo algunos poemas de corte histórico, en ellos reflejo estampas cotidianas mientras cuento una breve historia. Procuro que no sean muy épicos, me gusta introducir en ellos algún elemento lírico... este es el resultado, quisiera conocer vuestra opinión porque son distintos a mis otros poemas y, a veces, avanzo entre dudas pues me parecen muy narrativos. Aunque tengo que reconocer que me divierte mucho escribirlos. Gracias.

DANIYA

Tintinean de vida mis ajorcas
ceñidas al tobillo y a mis pasos.
De las murallas a los muelles vengo
por las atarazanas del recuerdo.

Hoy somos las mujeres de Daniya
un cántaro de cantos y de espera,
de la casa a las aguas caminamos,
de la mar a los a los muros regresamos…

Navegan nuestros hombres en los sueños
de mantener un reino agonizante,
nos cercan los cristianos y la fiebre
de una ambición voraz e irremisible.

No hay peces en la mar, si alguno hubiera,
que colmen ya sus redes de intereses.
Cayeron otros reinos en sus manos,
espejean sus fantasmas en la mar.

Mi canto de hoy se sumará a otros cantos,
no hay esperanza ya, tan sólo espera
de que regrese en su bajel de sueños
mi bien amado, mi vencido Omar.

lunes, 22 de febrero de 2010

ANTONIO MACHADO: EL LIMONERO LÁNGUIDO SUSPENDE

Patio del Palacio de las Dueñas, Sevilla. Fotografía tomada de Internet.

EL LIMONERO PÁLIDO SUSPENDE...

El limonero lánguido suspende
una pálida rama polvorienta
sobre el encanto de la fuente limpia,
y allá en el fondo sueñan
los frutos de oro...

Es una tarde clara,
casi de primavera,
tibia tarde de marzo
que el hálito de abril cercano lleva;
y estoy solo, en el patio silencioso,
buscando una ilusión cándida y vieja:
alguna sombra sobre el blanco muro,
algún recuerdo, en el pretil de piedra
de la fuente dormido, o, en el aire,
algún vagar de túnica ligera.

En el ambiente de la tarde flota
ese aroma de ausencia,
que dice al alma luminosa: nunca,
y al corazón: espera.

Ese aroma que evoca los fantasmas
de las fragancias vírgenes y muertas.

Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara,
casi de primavera,
tarde sin flores, cuando me traías
el buen perfume de la hierbabuena,
y de la buena albahaca,
que tenía mi madre en sus macetas.

Que tú me viste hundir mis manos puras
en el agua serena,
para alcanzar los frutos encantados
que hoy en el fondo de la fuente sueñan...
Sí, te conozco, tarde alegre y clara,
casi de primavera.

Ayer, bajo una fina lluvia, me encontraba en Sevilla, junto amis amigos y a la puerta del Palacio de las Dueñas. Evocábamos los poemas y vivencias de la infancia de Antonio Machado, que nació en ese palacio, en la planta baja, en 1875. Amando carabias recordó que hoy se cumplen 71 años de su muerte, en Colliure, Francia.
He visto que en su blog, Pavesas y Cenizas, ha escrito una entrada que me ha emocionado. Aquí tenéis su enlace, os recomiendo que leáis este homenaje a nuestro insigne poeta, magistralmente escrito por Amando:
http://amandocarabias.blogspot.com/
Aún siguen allí, Amando y Marián, Isolda y Beatriz, disfrutando de la compañía de esos anfitriones de lujo que hemos tenido: la familia de Gonce. María A., se marchó un día antes que yo, y la echamos de menos. Hoy, desde este día madrileño pintado de grises plomizos, les echo de menos a todos. Ha sido un encuentro del GAP, inolvidable. Y habrá otros dentro de poco tiempo. Aunque la luz de Sevilla, la alegría y hospitalidad de sus gentes, y hasta la lluvia que hizo su acto de presencia en las últimas horas de mi estancia allí, siempre irán unidos a una serie de recuerdos que han constituido un auténtico regalo de la vida para mí. Y espero que para todos.
Me uno al homenaje a Antonio Machado desde aquí, con este poema que hace alusión a su infancia y a esa eterna primavera que es Sevilla. Y os remito al blog de Amando porque su entrada me parece insuperable.

jueves, 18 de febrero de 2010

MARÍA SANGÜESA: ÁNGEL DEL INFIERNO

Imagen de Internet.

ÁNGEL DEL INFIERNO

Aquel día amaneció soleado, cálido, un tiempo atmosférico idóneo para ser disfrutado a lomos de la Harley. Su padre Acababa de comprar aquella reliquia sobre ruedas y de ponerla a punto en su pequeño taller. Había tenido que desplazarse fuera para solucionar unos asuntos laborales y le había dejado allí, a solas con la moto.
Se vistió con la cazadora de cuero guateado, aún sin estrenar. Los pantalones, negros y llenos de tachuelas, parecían hechos a su medida. Se ajustó, después de sacarles brillo, las viejas botas que habían pertenecido a un gran as del motociclismo, estaban muy desgastadas pero eran unas piezas únicas. Por último se colocó el casco, que tuvo que sacar de la vitrina. No pudo reprimir las ganas de mirarse en le espejo del amplio zaguán. Su aspecto era el de un verdadero Ángel del Infierno. Había llegado el momento de estrenar la preciada posesión de su progenitor.
El viento sobre la cara y la velocidad en el cuerpo. La carretera por delante, la naturaleza alrededor, y la Harley Davison bajo sus piernas, sometida a su dominio, como un mágico Pegaso de metal. Volaba sobre ella con certera decisión. El tiempo pasaba en su reloj sin que se diese cuenta, pero el barómetro decidió hacerse notar. El sol se fue escondiendo tras unos espesos nubarrones. La primera gota le cayó sobre la visera. El inesperado frenazo lo tuvo que dar dentro del bosque. No se había percatado de que la amplia carretera se había ido estrechando hasta convertirse en un angosto camino forestal.
Fue imposible volver a poner la moto en marcha, tenía el depósito vacío. La tormenta arreciaba por momentos y la oscuridad tendía sus tentáculos entre los árboles que le rodeaban. Buscó, en vano, su teléfono móvil. Aquella no era su cazadora.
Escondió la moto detrás de unas espesas zarzas y señalizó el lugar con un pequeño montón de piedras, redondas y claras, mientras comenzaba a sentir el miedo de lo que le esperaba al regresar a su casa y tener que enfrentarse a su padre de aquella guisa y sin la Harley.
Comenzó a caminar, bajo la lluvia, en dirección inversa a la de su anterior trayecto. Los relámpagos iluminaban el oscuro cielo y los truenos resonaban entre las rocas y las ramas, como si fuesen las voces amenazadoras de aquella misma naturaleza que, un poco antes, le había encandilado con su soberbia belleza.
No circulaba ni un solo vehículo por aquel olvidado sendero. El miedo se hizo mayor y comenzó a arañarle dentro de algún lugar de su mente, de allí brotaron algunos recuerdos que creía olvidados. Su memoria retrocedió a las largas noches de invierno, cuando al calor de las llamas las gentes del lugar narraban las historias y leyendas que, fundidas, seguían vivas entre los habitantes de la montaña, llenando de misterio todos los rincones de aquel agreste paisaje. Lobos, osos, aparecidos, procesiones fantasmales...Una pavorosa sensación comenzó a planear sobre su cabeza con la misma velocidad que iba cayendo la noche sobre sus ateridos hombros.
Los truenos se mezclaban con el eco de algunos extraños sonidos, no podía precisar si se trataba de aullidos, de gritos o de quejidos, pero eran espeluznantes.
Quizá se tratara simplemente del viento que silbaba entre las copas de los árboles. Las sombras le rodeaban, se movían empujadas por el vendaval. Los rayos comenzaron a rasgar el cielo, seguidos por el estruendo de los imponentes truenos. Corrió con toda la rapidez que su indumentaria le permitía. A lo lejos divisó la peña de Los Enamorados, una gigantesca roca piramidal. Contaban que desde allí se habían despeñado unos amantes, nadie recordaba cuando, pero prefirieron morir ante las dificultades insalvables que cerraban la posibilidad de continuar viviendo su amor. Decían las gentes del entorno que por las noches arrojaban al vacío a los caminantes solitarios, por el mismo barranco por el que ellos habían caído. Esa era su manera de vengarse de quienes les habían impedido seguir amándose. Sus espíritus habitaban la oquedad que la peña tenía en su base. Su carrera se hizo más rápida, se quitó el casco para adquirir velocidad. Lo tiró a un lado. En ese momento un rayo partió el tronco de un árbol que cayó tras él. Se arrancó los guantes con desesperación. Corría lleno de pavor. Ya estaba alcanzando la peña maldita. Entre los fogonazos podía distinguir unos bultos oscuros que se movían de forma inquietante.
Los árboles seguían cayendo con terribles chasquidos, alcanzó aquella mole de granito, con la sensación de que las sombras le perseguían. Notó que una mano, surgida del suelo, le asía el tobillo. Aterrizó en el barro al mismo tiempo que caía, frente a él, un grueso tronco. Pateó varias veces sobre aquello que sentía como un férreo anillo que le impedía ponerse en pie y que procedía de la siniestra sombra que se debatía tras él. Una vez liberado, sus pies, más que correr, volaron, a pesar de haber roto las botas durante aquel infernal forcejeo.
Cuando llegó a su casa estaba agotado, aterrado, empapado, y sin fuerzas para respirar. Empujó la puerta del garaje y se dejó caer en el suelo. En ese lamentable estado le encontró su padre cuando regresó de la ciudad.
Después de reanimarle, escuchó la historia mientras apretaba las mandíbulas para mantener su serenidad. No podía dejar de mirar hacia el espacio vacío que había ocupado su Harley.
- Dices que los espíritus de la peña quisieron arrastrarte al Más Allá ¿no es cierto?
-En efecto, mira lo que pasó con las botas de tu colección.
-Ya lo veo, la lucha debió de ser muy dura pues las has dejado destrozadas. Para ser entidades espirituales parecen tener un ectoplasma muy resistente. Anda, cámbiate de ropa y vamos a buscar los restos de tu equipo. El temporal parece haber remitido y hay muchos vivos que van por ahí dispuestos a recuperar lo que otros pierden.
Las luces de los faros amarilleaban la carretera. Tuvieron que bajar varias veces para apartar los troncos y las ramas que impedían el paso del coche. Por fin, llegaron al siniestro lugar donde tuvo lugar la lucha.
Se acercaron con suma prudencia, la luz del vehículo iluminaba el camino desde una cierta distancia. Unos bultos embarrados se movían cerca de ellos. Escucharon un balido, al que siguieron otros muchos. Corrieron hacia la oquedad de la peña, allí, tendido en el suelo, en medio de sus ovejas, se encontraba un pastor. El padre le prestó unos primeros auxilios mientras llamaba, con su móvil, al servicio de ambulancias. El pobre hombre recobró el conocimiento y lo primero que vio fue el rostro, lívido, del muchacho.
-¡Será hijo de puta el chaval! Le sujeto para que no le caiga el árbol encima y para cobijarle de la tormenta. Y, el muy desgraciado, me patea hasta casi dejarme muerto.
La ambulancia se hizo esperar, la víctima cada vez se encontraba más enfurecida. Fue un alivio verle desaparecer tras las puertas del vehículo.
Ellos continuaron con la búsqueda de los demás elementos. Encontraron solamente un guante, el casco estaba intacto. La peor parte se la llevó la moto. El montón de piedras estaba ligeramente movido, pero sobre las zarzas había caído un grueso tronco, justo encima de la Harley. Fue muy complicado conseguir que la grúa pasase por el estrecho camino. La reparación no se pudo hacer en el pequeño taller de la casa, sino en el del servicio oficial de la Harley Davison. Lejos de allí, fuera de la montaña.
Aquel incidente supuso un duro golpe económico para el joven Ángel del Infierno, pero no el único golpe que debía de llegar a temer. Desde que el pastor abandonó el hospital, dentro del cual se negó firmemente a recibir sus visitas, cada vez que se cruzaba con él, en las callejuelas del pequeño pueblo, le mostraba el cayado que solía llevar siempre entre sus manos. Y el muchacho sentía la impresión de que su tamaño iba aumentando en proporción directa a la inquina que detectaba en la mirada del rústico montañés.
Aunque lo más inquietante de todo fue cuando comenzó a ver que, tras la corpulenta persona del pastor, se encontraba siempre una joven pareja que parecía flotar en el aire y que le saludaba, al unísono, con un sonriente gesto de inequívoca complicidad.

miércoles, 17 de febrero de 2010

MARÍA SANGÜESA: VICTORIA





Hace seis años escribí este artículo sobre la obra de mi madre, para la revista Arte en Valencia. No tengo muchas fotografías digitales de sus pinturas, éstas que muestro aquí son algunas de sus últimas creaciones. Su última exposición fue una colectiva, el pasado mes de Septiembre, en la galería Artis de Valencia.

VICTORIA

Cuando conoces a Victoria lo primero que te alcanza es su mirada, me lo han comentado muchas personas. Parece traspasarte con sus ojos de un azul oscuro y profundo que ve mucho más allá de ti. Y es precisamente eso lo que está haciendo, buceando en tu interior. Debido a esa facilidad de llegar al fondo de las personas, es capaz de realizar unos retratos increíblemente llenos de vida. No sólo refleja las facciones de quien tiene enfrente sino que las envuelve en toda la fuerza vital que desprende el carácter de quien se encuentra delante de sus ojos.
Su obra está llena de fuerza, de vida, de luz. De esa luz del Mediterráneo junto al cual nació, creció, vivió, vive y vivirá ya para siempre, sobre la enérgica belleza de sus cuadros.
Cuando Victoria pinta el mar lo hace con pasión. Capta el movimiento de las aguas y el juego de las luces a lo largo del día sobre la cambiante superficie marina, que se funde con las tonalidades del cielo y de la orilla, en una tormenta de rocas o de arenas teñidas de amaneceres y ocasos. Logra unas tonalidades prodigiosas, a golpe de pincel, de espátula, de brocha. La pintura, bien empastada, presenta unas texturas generalmente recias, y el efecto de las luminosas transparencias resulta asombroso por la fuerza que imprime a su obra, sin mermarle un ápice de sensibilidad poética.
Las escenas de las gentes del mar nos hablan de la dureza de su vida. Para transmitirla recurre al expresionismo más directo. Agranda y deforma las manos, los pies, los torsos, el gesto. Congela el movimiento, tensionando los músculos de los brazos, de las piernas. Los hombres presentan facciones contraídas, las mujeres reflejan la desolación de la soledad impuesta por los rigores de la mar, y todos ellos testimonian una vida de esfuerzos y de penas. Aunque también sabe pintar la esperanza y la alegría de los momentos de sol y de juegos en el agua y en la arena.
Sus paisajes urbanos los hace desde el recuerdo y la nostalgia de su mente. Abre ventanas desde el edificio de su memoria para asomarse a otras ciudades que contempla desde arriba, sobrevolando su realidad con ojos de poeta y derrochando tonalidades luminosas desde una cálida atmósfera interior.
Bajo su pincel, el campo estalla de colores: verdes secos o tiernos, amarillos, ocres, sienas. Y un cielo perennemente poblado por nubes que absorben o tamizan los rayos de un sol distinto en cada uno de sus cuadros. Lo asombroso es que, para pintar, utiliza solamente cinco colores: blanco, siena, azul, rojo y amarillo. Los mezcla sobre su paleta y despliega todas las gamas imaginables para dar vida a su creación.
Las montañas que plasma te arrastran hacia lo más alto y lo más hondo de la naturaleza. Bajo los bosques o sobre la nieve consigue aprehender un instante de vida, de luz, con pinceladas sueltas como los versos de un poema que van trazando sus renglones sobre el lienzo.
Muchas de sus obras nacen primero sobre el papel, apuntes rápidos hechos al paso de un momento, o elaborados recuerdos de rincones o de escenas retenidas bajo el poso del tiempo. Sus manos lo van recuperando todo, desde la luz de su memoria, y van dando paso a unos dibujos que demuestran una gran maestría en el dominio del lápiz, de la plumilla o del rotulador.
Victoria nació ya artista, respiró el arte desde la cuna, su madre tenía una academia de dibujo y pintura, en Marruecos. Luego, se fue haciendo en el oficio de pintar, desde que era una niña. Largo oficio el suyo, toda una vida de apasionada relación con los lienzos. Y ello le otorga el bien ganado y merecido grado de maestría. Maestría que detenta ya desde hace muchos años, aunque siga mirando el mundo con la ilusión, los ojos, y el corazón de una adolescente llena de proyectos y con muchas, muchas cosas, todavía, por decir.

María Sangüesa.
Marzo de 2004.

MARÍA SANGÜESA: ERRANTE HUMO

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ERRANTE HUMO

Peregrinar de errante humo,
cuerpos desterrados de riberas,
cruzar de sueños entre orillas,
hendir de lágrimas y agua.
Lejanos lares, vidas rotas,
yerma realidad de abrojos,
candente memoria en llamas.
Voces de manglar y jungla,
velado desierto de mordazas.

Europa…

Remos de humo en barcas rotas,
deshecha nube de jirones rojos,
perjura tierra de promesas vanas,
casquivana rosa de los vientos,
soles apagados por el oro.
Soledad de uno contra todo.
Luchar, es ahondar en negra senda,
volver, anudarse a la derrota,
quedarse, es extinguirse poco a poco.

(Laberintos de Humo)

martes, 16 de febrero de 2010

MERCEDES SOSA CANTA RAZÓN DE VIVIR DE VÍCTOR HEREDIA



Acabo de llegar de Valencia, de pasar allí unos días que han sido bastante más duros que en otras ocasiones. En esta situación de decaimiento emocional, le pedí a una amiga que me ayudara a encontrar una canción hermosa, una canción que me diese la dosis de energía que necesitaba para aterrizar de nuevo en mi casa y continuar con mi vida de acá. Y es que vivir entre dos ciudades es equivalente a tener tu espacio, físico y temporal, escindido en dos mitades que, muchas veces, no acaban de encajar adecuadamente entre sí. Es como si tu interior sufriese una dicotomía que te impidiese ubicar, ni mal ni bien, qué parte de tu ser le corresponde a cada una de esas dos ciudades; sabes que te necesitan en una pero que tu vida está en la otra, y en ese ir y venir, que no sabes cúando va a terminar, te vas dejando muchas cosas por el camino. En fin, mi amiga me dió esta canción, que ha resultado ser una de esas canciones que me han gustado y acompañado, a lo largo de estos últimos años, en muchísimas ocasiones, tanto por su bellísima letra como por su preciosa melodía. Pero tengo que reconocer que, en este momento, más que darme energía lo que ha hecho es proporcionarme una dosis de saudade que me tiene en un lamentable estado de languidez. No pasa nada, mañana será otro día, vendrán otras vivencias y habrá que seguir poniendo esta sangre en tierra...

RAZÓN DE VIVIR

Para decidir si sigo poniendo
Esta sangre en tierra
Este corazón que bate su parche
Sol y tinieblas.

Para continuar caminando al sol
Por estos desiertos
Para recalcar que estoy vivo
En medio de tantos muertos;

Para decidir
Para continuar
Para recalcar y considerar
sólo me hace falta que estés aquí
Con tus ojos claros

¡Ay! fogata de amor y guía
Razón de vivir mi vida

Para aligerar este duro peso
De nuestros días
Esta soledad que llevamos todos
Islas perdidas

Para descartar esta sensación
De perderlo todo;
Para analizar por dónde seguir
Y elegir el modo

Para aligerar
Para descartar
Para analizar y considerar
Sólo me hace falta que estés aquí
Con tus ojos claros

¡Ay! fogata de amor y guía
Razón de vivir mi vida

Para combinar lo bello y la luz
Sin perder distancia
Para estar con vos sin perder el ángel
De la nostalgia

Para descubrir que la vida va
Sin pedirnos nada
Y considerar que todo es hermoso
Y no cuesta nada,

Para combinar
Para estar con vos
Para descubrir y considerar,
Sólo me hace falta que estés aquí
Con tus ojos claros.

domingo, 7 de febrero de 2010

MARÍA SANGÜESA: EL ÁTICO

Imagen de Internet

De nuevo voy a estar ausente durante unos días. Aquí tenéis este cuento, El Ático, que no es precisamente muy corto, pero así os dejo lectura para que, si queréis, la podáis dividir en varias partes. Este cuento tiene un significado especial para mí, ya que es el primero que escribí de esta serie que titulé Del Más Allá, y que desembocó en un libro. Me divertí mucho mientras lo redactaba, hubo quien pensó que se trataba de una crónica; riesgos de escribir en primera persona, el personaje pasa a ser un alter ego tuyo ante los ojos de quienes te leen. Aunque, en este caso, no sé...quizá tampoco estuviesen muy desencaminados quienes lo vieron de aquella manera... ¡Hasta pronto!

EL ÁTICO

El sofá es confortable, de cuero negro, las cortinas filtran unos rayos de sol que, desvaídos, se posan sobre la librería repleta de tomos encuadernados en piel. Él me mira tras unas gafas montadas al aire, fijamente, en silencio. Comprendo que soy yo quien tiene que comenzar a hablar, consciente de que voy a ser escuchada sin interrupciones:

“Todo se inició cuando compré el ático, en un edificio de los años sesenta, después de separarme. Decidí reformarlo manteniendo su esencia, ese toque mágico que le daban los grandes ventanales y las amplias puertas acristaladas que derramaban la luz por todas partes.
Al principio no me di cuenta. En una ocasión discutí con el carpintero que, haciendo caso omiso de la memoria de calidades, estaba chapando los armarios con unas finas láminas de melamina en lugar de la madera de roble que yo había elegido. Cuando protesté, me miró con ojos de hurón y me amenazó diciendo que quitar lo que ya había puesto iba a retrasar y a encarecer la obra. Ante mi insistencia comenzó a cambiarlas, al día siguiente, por unas frágiles hojas de contrachapado que se partían al intentar fijarlas. Le advertí que no iba a consentir semejante chapuza. Me observó con impertinencia mientras se rascaba la oreja con un grueso lápiz rojo y llegué a escuchar como mascullaba unas palabras referentes a mi madre. Se marchó y ya no volvió más. Le pregunté a su eficiente sustituto qué le había ocurrido y me contó que la sierra mecánica le había seccionado el pulgar de la mano derecha. Afortunadamente se lo habían podido reimplantar pero la convalecencia iba a ser larga y no podría continuar trabajando en mi obra.
En otro momento, mientras me encontraba contemplando una pared y disfrutaba por anticipado del efecto de un cuadro que pensaba colgar allí, noté que una línea diagonal cruzaba el tabique con un sospechoso resalte. Llamé al electricista, un hombre mal encarado, que con una estruendosa y cazallera voz me hizo saber que no estaba dispuesto a colocar la manguera de los cables como ordenaba la normativa legal, sino como lo había hecho durante toda su vida profesional y que su método era, ni más ni menos, el que su virilidad le dictaba.
-¿Es que pretende que me electrocute cuando cuelgue ahí una pintura?- le dije tremendamente indignada.
Me dio la espalda, sin decir una palabra, girándose con andares chulescos. Antes de llegar a localizar al encargado de la obra para presentarle mis quejas, escuché un intenso chasquido. El electricista había recibido una enorme descarga mientras manipulaba el viejo cuadro de luces, de manera que hubo de ser trasladado al hospital, donde le tuvieron ingresado durante varios días. En su lugar vino un joven muy eficiente que ordenó abrir nuevas rozas, desempotrar la instalación anterior y colocar un diferencial moderno.
La obra siguió su curso. Llegué a contar hasta siete accidentes, que se ajustaron siempre a la misma pauta. Me resultaba difícil encontrar explicación a tantos incidentes desagradables que, después, se resolvían rápidamente y siempre a mi favor. Aunque, por otro lado, también pensaba que entraban en el cómputo de lo razonable y previsible dentro del mundo de la siniestralidad laboral generado por una empresa tan sumamente irresponsable. Tras estos penosos avatares pudimos trasladarnos. Una vez instalados en nuestro nuevo hogar, que finalmente había quedado muy luminoso y acogedor, nos invadió a todos una agradable sensación de bienestar que iba más allá de lo puramente material. Aunque yo, todavía, seguía sin darme cuenta.
Para los niños resultaba un juego ver quien entraba primero en el ascensor, que jamás tuvimos que llamar puesto que empezaba a subir en el mismo instante en que abríamos la puerta de acceso al rellano. Al principio me extrañó un poco esta circunstancia, pero me convencí de que el conserje, al escucharnos salir, tenía esa atención con nosotros.
Algo después de nuestra llegada, comenzó a sonar el timbre de la entrada de la calle, puntualmente, a las cuatro de la madrugada. Las primeras veces me levanté, bastante sobresaltada, para ver quien era y observaba en silencio por la mirilla de la puerta, pero nunca llegué a encontrar a nadie en el rellano. En mi fuero interno me convencí de que se trataba del timbre de los vecinos y les culpaba de aquel molesto ruido mientras pensaba que deberían de entregarle, de una vez por todas, las llaves de su casa a ese hijo trasnochador y tarambana que solía desvelarme sin piedad. Cuando me cruzaba con ellos les saludaba fríamente para que se diesen cuenta de que me estaban ocasionando una auténtica incomodidad, pero nunca me atreví a abordarles para tratar aquella cuestión. Ellos parecían hacer exactamente lo mismo conmigo.
Una noche, mientras intentaba concentrarme en un ejercicio de relajación para poder conciliar el sueño, escuché cerca de mí un crujido parecido al de los papeles gruesos cuando son arrugados y noté que se hundía el colchón al otro lado de mi cama. Encendí la luz, convencida de que algún niño había sentido miedo de la oscuridad y habría venido a buscar refugio entre mis sábanas. Pero estaba sola. Creí que podría tratarse de mi imaginación durante un estado de agotamiento nervioso, puesto que me encontraba muy cansada. Cuando este hecho comenzó a repetirse con bastante frecuencia, lo achaqué al mal estado de los muelles y decidí que tenía que comprarme un colchón de látex en cuanto acabara con los gastos de la mudanza y de la reforma.
A pesar de estas incidencias, la casa me resultaba cada día más acogedora y tranquila, puesto que de alguna manera simbolizaba mi libertad
Una apacible mañana, mientras disfrutaba de esas agradables sensaciones, recibí la visita de mi ex marido que, después de una serie de descabellados razonamientos sobre un proyecto de negocios al otro lado del Océano, me quiso imponer a la fuerza una inasequible aportación económica.
-¿Y de dónde quieres que saque el dinero? –dije mientras abría las manos y miraba a mi alrededor, con un gesto que indicaba, de forma explícita, dónde se encontraban invertidos mis bienes.
-¡De hipotecar tu casa! – me respondió con acritud.
Con gran irritación, me negué a satisfacer sus exigencias, y me mantuve firme ante las voces y los puñetazos que dio sobre la mesa. Al ver mi imperturbable actitud se encaminó, muy enfurecido, hacia la puerta y cerró dando un enorme portazo. No sin antes haberme hecho objeto de una serie de airados insultos.
Aproximadamente tres horas después de su marcha escuché la sirena de los bomberos. El ascensor se había averiado, mientras él lo utilizaba, y tuvo que permanecer suspendido en el vacío durante aquel largo rato. Debió de resultarle interminable y angustioso, ya que no volvió a molestarme durante una larga temporada.
Una tarde, mientras miraba distraídamente la televisión, vi en la pantalla a una señora mayor, rubia, muy de peluquería, que fumaba en pipa de cazoleta. Enseguida captó mi atención. Estaba narrando una disparatada historia de fantasmas y, por añadidura, contaba que vivía por nuestra zona y que su hogar estaba habitado por un espíritu masculino con el que se llevaba muy bien y que, además de protegerla, le hacía mucha compañía. Se me erizó el pelo y un sudor frío cubrió las plantas de mis pies y las palmas de mis manos.
-¡Que imaginación! – murmuré para mí misma -¡Pero que imaginación!
Poco después escuché unos gritos histéricos en el pasillo.
-¡Señora! ¡Señora!- voceaba la asistenta, mientras agarraba un plumero, como si se tratase de un arma defensiva--¡Que el cuadro se mueve!
Con paciencia, le expliqué que aquel retrato tenía los ojos pintados de tal manera que la mirada parecía perseguir al espectador desde cualquier punto en que estuviese situado.
-¡No! ¡No! ¡Que no es eso! -dijo muy excitada –. Se ha levantado de la pared y ha dado tres golpes.
-Entonces debe de ser el compresor de alguna obra de la calle – contesté, para intentar tranquilizarla.
-¿Es que oye usted algún ruido? – replicó muy enfadada -. Sepa que no es la primera vez que me ocurre esto, en las otras ocasiones me ha sucedido mientras me encontraba sola y la verdad es que tengo ya tanto miedo que no sé si volver, aunque se quede usted conmigo en la casa.
Más tarde, mientras preparaba la cena, escuché a mi hija dando alaridos y llamándome con una angustia tremenda.
-¡Mamá!, ¡mamá!
Salí corriendo, mientras dejaba una humeante sartén sobre el fuego. Alcancé a ver que la niña huía del cuarto de baño envuelta en una toalla mientras rezumaba agua por todas partes. Con los ojos llenos de espanto y la voz entrecortada por el llanto, me contó que había tenido la sensación de que la estaban mirando y se le ocurrió hacer lo mismo que había visto en una película, así que dijo en voz alta:
-Si hay alguien ahí, que se haga notar… ¡Que se manifieste!
Entonces el grifo se abrió solo y comenzó a salir agua helada. La abracé y por más que lo intenté no hubo forma humana de convencerla de que se trataba de un problema de fontanería.
Durante aquellos días me encontraba preparando una oposición para ayudante de biblioteca y, al aproximarse los exámenes, no tuve más remedio que quedarme a estudiar también por las noches. Una de esas veladas, mientras repasaba los fastidiosos temas de biblioteconomía, noté que el vello se me ponía de punta al mismo tiempo que sentía el irrefrenable impulso de mirar frente a mí. Fue entonces cuando le vi. Era un hombre joven, de mediana estatura. El cabello castaño y abundante le caía a ambos lados de la cara, enmarcando un rostro de facciones regulares y hermosas, en las que destacaban unos ojos oscuros, grandes y profundos, tan risueños como su bien dibujada boca. Llevaba una camisa blanca, desabotonada hasta el pecho, sobre el que cruzaba sus brazos, mientras apoyaba su hombro sobre el marco de una puerta. Sus pantalones eran beige y se le ajustaban sobre las fuertes piernas. No pude ver más. Cerré los ojos espantada y pensé que habían entrado a robar. Creo que grité.
Cuando abrí los párpados ya no había nadie. Aferré un abrecartas y lo empuñé mientras procuraba armarme también de valor pensando en el peligro que podrían llegar a correr mis hijos. Me levanté y fui comprobando que las puertas estaban cerradas desde dentro, con las llaves puestas. Los ventanales también, con las persianas bajadas. No había nadie en los armarios, ni debajo de las camas. Los niños dormían plácidamente, no daban señales de haber escuchado nada.
Apenas hubo amanecido, telefoneé a mi tía, muy amiga de santos y rosarios.
-¡Un cura!... – dije, presa de un gran nerviosismo -.¡Necesito un cura! –le supliqué entrecortadamente.
Y, mientras me tragaba a sorbos la vergüenza, le conté una enrevesada historia de fantasmas…
No sin cierto asombro por la enorme rapidez con la que respondió a mi llamada, aquella misma tarde le abrí la puerta a un viejo sacerdote que, sin más preámbulos, sacó un hisopo de su enorme cartera y comenzó a rociar la casa con agua bendita, mientras canturreaba letanías en latín.
Después de recorrer todas las estancias me miró fijamente y, sin intentar evitar el gesto severo de sus inquietantes ojos, me dijo:
-¡Ya está hija mía!- y me tendió una mano nudosa y arrugada.
Yo, sobrecogida, se la besé respetuosamente, pero al ver que no la retiraba comprendí que además de mi diplomático ósculo estaba esperando un generoso óbolo por el servicio que me había prestado. Creo que cumplí adecuadamente con ese requisito…”

Me escucho a mí misma mientras doy un hondo suspiro, los ojos se me pierden entre los tomos encuadernados en piel. Él sigue en silencio, mientras noto cómo me observa y va escribiendo en un cuaderno todo cuanto le voy diciendo. Comprendo que debo de entrar de lleno en la cuestión que me tiene tumbada sobre este diván de cuero negro, a juego con los sillones:

“El caso, doctor, es que ha pasado un año desde entonces y no ha vuelto a ocurrir nada extraño en mi casa. Ni bailan los cuadros, ni se abren los grifos, ni tampoco se accidentan quienes se propasan conmigo. ¡Ya ni tan siquiera nos espera el ascensor! Y yo, por mi parte, no puedo dejar de recordar aquellos ojos oscuros y risueños. Ni aquellas fuertes piernas y, por si fuese poco, suelo desvelarme cuando me pregunto de qué color serían aquellos zapatos que nunca llegué a ver.

Así que aquí estoy, en su consulta. La verdad es que no necesito que me recete nada, ya que lo que hoy me ha traído aquí no es precisamente una cuestión de medicamentos, sino de que me explique qué es lo que puedo hacer para que regrese mi fantasma…”

(Del Más Allá, cuentos de fantasmas)

sábado, 6 de febrero de 2010

MARÍA SANGÜESA: MIL CÉSARES



MIL CÉSARES

Ácimo pan con que comulgas,
ácido vino el que te ofrecen,
amarga comunión de los vencidos…
No hay poso de esperanza en la bebida,
el pan se hace cenizas en la boca.

Mil césares te ocultan las monedas.

Candentes orillas de destierros,
truncados eslabones y almas rotas.
Es tu sudor la sangre del mañana,
tus sueños son taladas ramas,
vendidos por salarios de miseria.

Mil césares te niegan las monedas.

Sobre tierra de inútiles abrojos,
se agazapa el tiempo en largo acecho.
Pagaste tu tributo en gris y olvido,
amarga comunión de los vencidos.
Cuando el ayer es hoy, sólo hay espera.

Mil césares acechan tus monedas.

(Laberintos de Humo)

jueves, 4 de febrero de 2010

DULCE MARÍA LOYNAZ: POEMA CII, DE POEMAS SIN NOMBRE

Imagen de Internet

POEMA CII

Pajarillos de jaula me van pareciendo a mí misma mis sueños.
Si los suelto, perecen o regresan. Y es que el grano y el cielo
hay que ganarlos; pero el grano es demasiado pequeño y el
cielo es demasiado grande..., y las alas, como los pies, también
se cansan.

(Poemas sin nombre)

No sé qué es lo que me sigue sucediendo con Dulce María Loynaz, me gusta releer sus poemas, suelo hacerlo por la noche. Sobre mi mesita, entre mis libros de cabecera, siempre se encuentran sus Poemas Escogidos. Me gusta abrir al azar, y dejar que el poemario me diga, que hable por sí mismo; y, como si de algo mágico se tratara, me
viene a decir aquello que más puede conectar con mi estado de ánimo, con mis inquietudes, o con mis pensamientos más ocultos y difíciles de formular. Anoche, se abrió por esta página...

martes, 2 de febrero de 2010

MINA: SEÑORA MELANCOLÍA



El verdadero nombre de Mina es: Mina Anna Mazzini. Nació en el mes de Marzo de 1940, el día 25, en un pueblo de Lombardía, Italia. Aunque pasó su infancia en Cremona. En la actualidad, y desde 1978, reside en Lugano, Suiza. Fue por esa misma fecha cuando decidió no vover a actuar nunca más en público, aunque siguió grabando y publicando, como mínimo, un álbum al año. En su propio estudio de grabación.
Nadie sabe por qué tomó la decisión de retirarse de los escenarios a una edad tan temprana y conservando toda la plenitud de su voz y de su aspecto físico. Aunque quedó bien claro que tan sólo se alejaba del contacto directo con el público, puesto que nunca se alejó del mercado musical, en el que siempre ha tenido un puesto de privilegio ya que nunca dejó de producir. Su nombre sigue siendo uno de los más importantes dentro del ámbito musical italiano y sus fans en el resto de Europa son innumerables. A mí me gustaba mucho, y me sigue gustando, por su enorme fuerza a la hora de interpretar sus temas. Es una pena que únicamente nos lleguen "enlatados", me hubiera encantado verla actuar en persona. Quienes tuvieron esa suerte dicen que les arrancaba de los asientos por su dominio escénico y su prodigiosa voz en directo.
Esta canción, Señora Melancolía, me parece preciosa, la primera vez que la escuché fue hace algunos años, no muchos. La canción creo que es de Willy Morales, la orquesta y arreglos musicales de Gianni Ferrio.

lunes, 1 de febrero de 2010

MARÍA SANGÜESA: UN SUEÑO



UN SUEÑO

La espesa neblina subía del río que, perezosamente, se arqueaba frente al castillo. Todo el paisaje parecía una filmación a cámara lenta, llena de minúsculos detalles. Parte del pueblo se extendía fuera de sus murallas. Un dédalo de callejuelas se enredaba en torno a las casas mayores, hechas de piedra gris. Algunas se encontraban doradas por los líquenes. Los techos, inclinados, estaban revestidos de pizarra. El olor a humo se mezclaba con el de la humedad y el del pan que se horneaba, antes del amanecer, en todos los hogares. Los ruidos se iban añadiendo a ese derroche de aromas que tiene el campo, cuando está habitado. Unas gallinas sueltas cacareaban por la calle. Un par de lebreles bostezaban, tendidos sobre una estera, cerca de la entrada del castillo.
El tañido de una campana se expandió por el aire, con un sonido metálico y afinado, algo fantasmal, puesto que no podía verse el campanario, escondido tras los jirones de la niebla más espesa. Parecía una película ralentizada.
Dentro del castillo, dos jóvenes se encontraban arrodillados, en la capilla, sobre unos reclinatorios tapizados de terciopelo oscuro. Él vestía un jubón de paño negro y unas calzas de lana del mismo color, unos borceguíes abrigaban sus pies. Ella llevaba una pequeña toca, bordada de azabache, que sujetaba un velo largo, hasta la cintura. Un corpiño ceñía su cuerpo, sobre unas amplias faldas de paño que bajaban hasta el suelo, cubriendo sus pies, y que apenas dejaban ver unos finos escarpines. Iba vestida completamente de negro. Los dos eran rubios, de un rubio clarísimo, su piel era blanca y tersa, la de él estaba cubierta por un vello algo más oscuro que sus cabellos. Ambos tenían los ojos de un azul transparente, bajo unas cejas casi imperceptibles. Sus amplias frentes estaban reclinadas sobre las manos, entrelazadas en actitud de recogimiento y plegaria. Al escuchar la campana, los dos se miraron, él se levantó primero para ayudarla a ponerse en pie. Al salir al patio, una criada se aproximó, corriendo, con unas gruesas capas que colocó sobre sus hombros.
Se oyó el chirriar de unas cadenas y el girar del torno, mientras se levantaba una pesada puerta, hecha de gruesos tablones salpicados por clavos de hierro.
Las dos siluetas, oscuras, se recortaban en medio del ambiente blanquecino, neblinoso, que lo envolvía todo. Avanzaron hacia el camino de tierra, bordeado de gruesas piedras cubiertas de liquen. Se oyó el crujir de unos guijarros menudos y el de la tierra apisonada, cada vez más próximo. De entre la bruma, apareció una carreta con dos enormes ruedas de madera ceñidas por unos grandes aros metálicos. Tiraban de ella dos fuertes bueyes pardos, uncidos por un sólido yugo. Al pasar frente a ellos, vieron su carga. Varios cuerpos humanos, andrajosos, descalzos, con los brazos retorcidos, se apilaban unos sobre otros. La campana se oyó con más fuerza. La mano de él aferró la de ella, tensa, nerviosa. La joven le miró con los ojos cargados de lágrimas.
-¡Thomas! –musitó con una voz suave y entrecortada por el llanto.
En ese momento me desperté. Me costó un buen rato reconocer mi dormitorio con sus muebles de cálida madera y las cortinas a juego con la colcha. El despertador de la mesita marcaba las siete de la mañana. Aquel sueño había sido extrañamente real, cargado de ruidos y de olores, lento y lleno de detalles. Siempre había sabido que esas circunstancias no podían darse mientras una persona estaba verdaderamente soñando. No me abandonaba la sensación de haber estado dentro de otra piel, ni de haber mirado con otros ojos un lugar y un tiempo, ya lejanos y desconocidos, pero de los que, no obstante, parecía saberlo todo.
Durante varios días, estuve obsesionada por aquellas sensaciones aún más reales que las que constituían mi mundo habitual. No podía dormir bien por las noches y me dedicaba a leer libros de Historia y a navegar por Internet, mientras indagaba en torno a la indumentaria, el paisaje y las posibles epidemias. Así supe que, hacia mediados del siglo XIV, llegó, procedente de Asia, la primera oleada de peste negra que asoló a la Península y que había penetrado desde la costa, extendiéndose con velocidad por todo el interior.
Después, hubo dos más. En cuanto al paisaje, por los líquenes, la niebla, la pizarra, tenía que ser algún lugar ubicado en el norte. El nombre de Thomas (y no Tomás o Tomé), debía de tener una pronunciación anglosajona. También averigüé que, a mediados de ese siglo, las relaciones con Inglaterra se intensificaron de forma notable. Pero todo era tan vago, tan extenso, que desistí de poder localizar aquel lugar. Después de todo, tan sólo había sido un sueño. Poco a poco, lo fui olvidando.

Años después, decidí pasar unos días de vacaciones en un hermoso pueblo norteño, circundado de bosques de castaños, de pinadas salpicadas de cedros, de ríos mansamente caudalosos, de bravos arroyos, de pintorescas aldeas colgadas sobre espejeantes embalses y de numerosos monumentos, castillos, iglesias, conventos… Recorría incansablemente, cerca o lejos, todo cuanto me rodeaba. Disfrutaba de la naturaleza, del paisaje, del arte, de la cocina lugareña.
El lugar donde me alojé, durante las últimas semanas de mis vacaciones, era también un monumento muy interesante. Un antiguo castillo que había sido restaurado y rehabilitado como hotel rural. Dentro de aquellas paredes, me sentía tan a gusto como si me encontrase en mi propia casa. Los dueños lo habían reconstruido a partir de una de las torres que había conseguido resistir, en pie, las embestidas del tiempo y de la historia, aguantando sus continuas guerras y destrucciones. Para aquella nueva edificación habían utilizado las piedras que formaban el montón de ruinas, entre las que se había seguido irguiendo, y que eran parte de la antigua muralla. Habían puesto todo su empeño en conseguir el mayor parecido posible a los dibujos y grabados que existían sobre los castillos de aquella comarca, y en lograr el ambiente medieval que, aquel lugar, debió de tener en su época de esplendor.
Durante los días de lluvia, que fueron muchos, me refugiaba en el amplio salón. Allí me dedicaba a estudiar, con detenimiento, los catálogos y las guías que había ido adquiriendo durante mis numerosas excursiones. Disfrutaba de una sensación de bienestar y de descanso, tan agradable, como nunca antes había podido llegar a experimentar en ningún otro sitio que no fuese mi propia casa. Me sentía como si fuese una parte de aquellos muros. Y cuando los dejaba atrás, me invadía el extraño convencimiento de que ya conocía aquellos lugares, perdidos entre las montañas. Me parecía reconocer el perfil de algunas rocas, la ubicación de alguna gruta, los restos de alguna ermita cercana. Tantos y tantos detalles, que el asombro de lo ya recorrido, sin haberlo visto antes, me llegó a inquietar de tal manera que comencé a pasar varias noches en vela.
El viento parecía traerme una especie de eco de voces muy lejanas, aunque yo intentaba convencerme de que se trataba, tan sólo, de su violento ulular. Al meterme en la cama, casi podía notar cómo el colchón se hundía también al otro lado, entonces pensaba que se debía a las lamas de madera que se tambaleaban bajo mi cuerpo. A veces, podía notar un suave roce, como si me acariciasen el rostro, cuando cerraba los ojos. Me invadía una gran desazón pero, de manera inexplicable, no temía nada. Lo achacaba a mi soledad y a mi exceso de imaginación.

Una mañana, mientras visitaba una iglesia gótica, muy cercana al castillo, me dejé arrastrar por mi neurótica manía de no pisar las losas funerarias que, con frecuencia, pavimentan el suelo de estos monumentos, si en su interior conservan la estructura original. Llegué a la zona central, delante del altar mayor.
Como no había nadie, puesto que había conseguido que me diesen la llave, después de numerosas gestiones, no tuve reparos en dejarme llevar por algunos difíciles equilibrios, mientras evitaba pisar las sepulturas. Así fue como tropecé con una pesada argolla y caí de bruces sobre una losa funeraria. Allí, a cuatro patas, con un fuerte espeluznamiento, pude ver como un rayo de sol, procedente de una vidriera, se posaba sobre los nombres que había grabados sobre su superficie: Thomas y Anna de Shandurst. Medio borrada, escrita en números romanos, podía apreciarse la fecha: año de mil trescientos cuarenta y ocho.
Presa del miedo y del asombro, levanté la cabeza y, delante de mí, pude ver sus figuras. Estaban en el retablo del altar mayor, uno a cada lado de la imagen sagrada, en actitud orante y pintados a pequeño tamaño, pero con un gran realismo. Eran dos pálidos jóvenes, de un rubio clarísimo, completamente vestidos de negro. Alzaban sus hermosos y familiares rostros dejando al descubierto su tez pálida, sus amplias frentes, sus cejas casi imperceptibles, trazadas sobre unos ojos de un azul intensamente transparente. Casi podía tocarlos, mientras ellos miraban, pensativos, expectantes, hacia la luz que descendía del cielo para mostrarles el camino hacia la Eternidad. Entonces, él giró su rostro hacia mí, lo hizo lentamente. Y escuché su voz, teñida por un suave acento extranjero: “Anna, sigues conmigo, pero ahora eres más que una imagen. Vive.”
Me encontraron tendida sobre aquella losa, mi sangre había manchado la vieja sepultura, pero solamente había caído sobre el nombre de Thomas. No pudieron limpiarla del todo, dijeron que la porosidad de la piedra había absorbido el color de la hemoglobina al oxidarse, y que el desgaste hacía que fuese arriesgado utilizar sustancias potencialmente corrosivas para pulir la losa.
No sé si volveré allí algún día. Cuando lo recuerdo tengo la sensación de que lo que perdí sobre aquel viejo mármol fue mucho más que un poco de mi sangre. Y que tan sólo el tiempo podrá, quizás, hacer que lo recupere algún día.